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sábado, 8 de agosto de 2015

NECROWORLD Capitulo 83

Día 26 de Marzo de 2010
Día 636 del Apocalipsis…
Las Vegas…

Luci había llegado a Las Vegas hacía poco más de dos meses. Todo ese tiempo había estado recuperándose en la enfermería. Tiempo que no habían podido hacer nada debido a que estaba bastante débil. Tampoco habían ayudado los intentos de fuga que siempre acababan con ella herida. Incluido un intento de suicidio.
Aquella tarde la puerta de la enfermería se abrió y entró Dorian acompañado de dos tipos enormes, tan grandes como unos armarios de dos puertas. Luci al verlos se incorporó todo lo que las esposas de las manos le permitieron.
—Buenas tardes Luci. ¿Cómo te va?— preguntó Dorian. –Espero que vaya todo bien.
—De lujo, al menos hasta ahora. No había tenido ni una sola arcada hasta que llegaste. Pensaba que estaba en racha hoy… Y no ha sido así. ¿Qué coño es lo que quieres?
—He venido para acompañarte a tu nueva habitación. Aquí ya no es necesario que estés. Además, ya estoy harto de que intentes fugarte. A la habitación a la que vas no podrás escaparte ni aunque lo intentes. Bueno…— Dorian miró a sus dos acompañantes y estos se adelantaron –Chicos. No seáis demasiado bruscos con ella.
Los dos tipos se abalanzaron sobre Luci y uno de ellos la inmovilizó mientras el otro le quitaba las esposas. Seguidamente le pusieron una capucha de color negro y ella se vio levantada en el aire. Poco después sintió como el suelo se desplazaba bajo sus pies. Al poco rato sintió como que la dejaban sentada, le quitaron la capucha y vio que se encontraba en un calabozo. Los dos tíos salieron de este y cerraron la puerta.
—¿Qué cojones estáis haciendo? ¿Por qué me habéis traído aquí?— preguntó Luci levantándose y corriendo hasta agarrarse a los barrotes. Allí lo esperaba un sonriente Dorian.
—A partir de ahora vivirás aquí hasta que podamos comenzar con la extracción de sangre. Aquí tendrás también ciertos privilegios. Cinco comidas al día y una salida vigilada un día a la semana. A veces puedo pasar por un cabrón, pero soy un tipo generoso. Bueno, ya nos veremos. Hasta luego…— Dorian se dio la vuelta para largarse, pero entonces volvió a mirar a Luci —¡¡Ah!! Se me olvidaba. Será mejor que no intentes escapar. Aquí tenemos perros a los que soltamos muy poco al día y los alimentamos menos. Imagínate lo que tiene que ser intentar escapar y toparte con ellos. Créeme que no te conviene. Ahora si… Nos vemos más tarde.
Dorian se marchó de allí seguido por sus dos hombres y Luci volvió a sentarse. Miró a su alrededor y se fijo bien en donde estaba. La celda era grande. En una parte había una mesa junto a una estantería con varios libros pegada a una cama mugrienta con un par de mantas. Al otro lado de la celda había un inodoro junto a un fregadero. La luz de la bombilla del techo titilaba bastante, era señal de que no tardaría en fundirse.
—Nunca esperé volver a verte— dijo en ese momento la voz de una chica desde otra celda. La voz le resultó muy familiar a Luci. Esta se levantó del banco donde estaba sentada y se acercó a los barrotes. Entonces vio a una chica en la otra celda, a la que al principio no reconoció. —¿No te acuerdas de mi? Nos conocimos hace unos meses en Washington DC. Soy Isabella.
—¿Isabella?— Luci se quedó pensativa. Tratando de recordar el nombre y la cara de la chica. Entonces la recordó. –Ahora me acuerdo de ti… ¿Qué es lo que haces aquí?
—Después de largarnos de Manhattan llegamos aquí. Lazarus y yo. Vivíamos bien hasta que intentamos largarnos. No dejan que nadie se vaya por que si… ¿Sabes? Tendríamos que habernos quedado en Manhattan. Habría sido lo mejor.
—¿Y tú marido?— preguntó Luci —¿Sigue vivo?
Isabella suspiró. –Sinceramente no lo se. Lo sacan de aquí cada cierto tiempo para que luche en una jaula contra caminantes. Los cuales salen uno tras otro hasta un número concreto… Es una especie de juego.
—Muy fuerte para ser solo un juego ¿No?
—Es una versión macabra de la ruleta de la fortuna— dijo en ese momento un hombre que estaba en la celda de al lado de la de Luci. –Tu celda era antes ocupada por un buen amigo mío. Tuvo mala suerte en el juego. Demasiados caminantes seguidos.
—¿Y tu quien eres? No puedo verte— dijo Luci acercándose a la parte derecha de la celda. Entonces surgió una mano sosteniendo un espejo. En el se veía reflejado un hombre de unos cincuenta años de pelo canoso y complexión delgada.
—Me llamo Jack. Jack Robinson. Antes era la mano derecha de Dorian… Cuando aun creía que pretendía hacer cosas buenas, pero cuando vi que estaba totalmente loco intenté derrocarlo junto a un grupo de gente. Confié en personas equivocadas y me traicionaron. Fue cuando acabé aquí. Obligado a jugar a sus estúpidos juegos… Como su marido o ella misma. Como te harán a ti.
—A mi me necesitan viva— respondió Luci. –Hay algo en mi sangre. De ahí se puede sacar una vacuna para todos nosotros. Por eso me han traído hasta aquí. Para utilizarme.
En ese momento, Luci vio más caras surgir de la oscuridad en las diferentes celdas. Tanto hombres como mujeres de distintas edades. Todos se habían dejado ver al escuchar la revelación de Luci. Entonces vio a un chico joven, el cual sacó los brazos a través de los barrotes. Se trataba de un chico joven de piel morena que debía rondar la treintena.
—Eso no te librará de entrar en la jaula o de servir como juguete sexual. ¿Nunca has estado en un bukkake? Te encantará. Asúmelo, cuando hagan contigo lo que tengan que hacer serás como nosotros. Si no… ¿Por qué crees que estás aquí? Tarde o temprano todos jugamos esa partida y tú no vas a ser menos.
—¿Y tú quien eres?— preguntó Luci mirando al chico joven.
—Me llamo Tom. Me encantaría estrecharte la mano, pero lo tengo un tanto difícil… Bueno. Preferiría darte dos besos o uno… Además de otras cosas más divertidas.
—Olvídalo— dijo Luci –Prefiero estar muerta.
—No lo desees demasiado por que podría acabar sucediendo— replicó Tom volviendo al interior de la celda. –Ya nos veremos.
Luci también regresó al interior de su celda para sentarse. Tenía que salir de allí como fuese, antes de que hiciesen de ella una cobaya o un juguete sexual. Sonrió con la ironía de haber salido de una prisión para acabar en otra todavía más inexpugnable que el carguero. Al menos allí no estaba encerrada en una celda. En esos momentos estaba más a merced de Dorian y de Dante que nunca.

Greenwich, Riverside, Connecticut…

Tenía a varios caminantes acercándose a mí mientras yo retrocedía sin poder levantarme del suelo y sin poder usar el arma para defenderme. Mientras, James retrocedía hacia la salida del supermercado. Intenté que me ayudara, pero me ignoró. El primer caminante cayó de bruces  e intentó agarrarme el pie, yo le golpeé en la cara y logré quitármelo de encima. Seguidamente tiré una estantería llena de productos de limpieza que les bloqueó el paso. Me encontraba en un callejón sin salida, me rodeaban tres paredes y una estantería tumbada, al otro lado había varios caminantes tratando de entrar, algo que al final conseguirían, yo estaba allí atrapado sin poder usar ningún arma. Me puse de pie ayudándome de la pared que estaba a mi espalda. Y la sirena antirrobo seguía sonando de forma incansable y estridente, me podía imaginar que en esos momentos había cientos de caminantes avanzando hacia nuestra posición.
*****
James salió corriendo del supermercado y se encontró con los demás, los cuales estaban abriendo fuego contra un grupo de caminantes que había aparecido saliendo de un callejón. Cuando se acercó a la camioneta comenzó a decir que tenían que marcharse de allí.
—¿Dónde está Juanma?— preguntó en ese momento Katrina agarrándolo del brazo. –
—Está muerto. No pude hacer nada— respondió James mirando las caras incrédulas de los demás. –Unos infectados se nos echaron encima. Tenemos que irnos.
—¿Cómo que Juanma está muerto? ¿Lo viste morir?— preguntó en ese momento Mouse. –Oye. Te estoy haciendo una pregunta. Respóndeme.
—¿Qué más da? Tenemos que salir de aquí. Vámonos— James miró al otro lado de la calle, por donde se acercaba otra horda.
—Id arrancando el motor. Voy a por el— dijo en ese momento Katrina. Justo cuando iba a comenzar a correr hacia el supermercado, su marido la agarró. –Suéltame.
—No voy a dejar que vuelvas ahí dentro— le dijo James tirando de ella hacia el camión. –Nos vamos. Sube ahí ahora mismo. Es una orden.
—Suéltame— dijo Katrina soltándose de forma brusca. –No me vuelvas a poner la mano encima— Katrina se dio la vuelta y corrió hacia el interior del supermercado mientras ignoraba los gritos y amenazas de su marido.
Katrina entró a la carrera en el supermercado y atravesó la apertura que habían dejado antes para poder entrar. Una vez dentro vio a un grupo de caminantes tratando de atravesar una estantería tirada. Estos metían los brazos y parecía que estaban intentando coger a alguien, y no tardarían en lograrlo. La estantería estaba cediendo.
En ese momento un No Muerto surgió por su derecha y la agarró del hombro. Katrina le asestó un golpe y logró quitárselo de encima, seguidamente le disparó a la cabeza. Fue entonces cuando escuchó la voz de Juanma, estaba pidiendo ayuda.
*****
Comencé a pedir ayuda justo cuando escuché el disparo. Seguramente era uno de mis compañeros que había vuelto a buscarme. Enseguida escuché más disparos y los No Muertos que estaban intentando agarrarme cayeron desplomados. Detrás de ellos apareció la figura de Katrina. Verla fue como ver a un ángel venido del cielo. Incluso por unos momentos la alarma desapareció y me dio la impresión de estar escuchando música celestial.
Katrina apartó la estantería y yo pude salir. –Gracias. Creí que no lo contaba.
—James dijo que habías muerto— dijo en ese momento Katrina.
—James me abandonó— respondí mientras caminaba hacia mi arma. Entonces la cogí y miré a mi compañera. –Salgamos de aquí.
Ambos comenzamos a correr hacia la salida, pero entonces vimos a una docena de caminantes cortándonos el paso. Fuera en el exterior había muchos más asediando el camión. A nuestros compañeros también se les acababa el tiempo.
Comenzamos a disparar para despejarnos el camino, pero eso estaba atrayendo a muchos más, dentro de nada iba a ser imposible salir de allí.
—No podemos salir por ahí. Debe haber una puerta trasera. Vamos— le dije a Katrina.
Ambos nos dimos la vuelta y caminamos hacia el fondo del comercio. Miramos a nuestra derecha y vimos lo que parecía una salida de emergencia. Corrimos hacia ella y yo le asesté una patada. La puerta se abrió y nos vimos en un muelle de carga que daba a un callejón. También había una valla de metal rodeando esa zona.
—Rápido. Por aquí— le dije a ella.
Ambos saltamos al asfalto y entonces corrimos hacia la puerta de la valla. Esta estaba cerrada y tuvimos que saltar por encima de ella. Recorrimos el callejón y salimos de nuevo a la calle donde estaba esperando el camión. Desde nuestra posición vimos a Mouse y a Mike disparando. Cuando nos vieron comenzaron a llamarnos.
—Salid de ahí y recogednos en la otra calle— le dije mientras se la señalaba. Por el gesto de Mouse supe que me había entendido. El y James subieron en ese momento al camión y yo miré a Katrina. –Tenemos que darnos prisa
Katrina y yo comenzamos a correr por otro callejón. Íbamos esquivando a caminantes que surgían de cada rincón. A los que no podíamos esquivar les disparábamos. Proseguimos nuestro avance, entonces llegamos a la otra calle y vimos aparecer al camión. Este iba a toda velocidad y atropelló a varios No Muertos. Cuando se paró cerca de nosotros vi a Johana asomarse por la ventana.
—Subid de una condenada vez. ¿O acaso esperáis una invitación?
Katrina y yo subimos a la parte trasera. Allí estaban Yuriko y James. Nada más verlo a el, me acerqué y lo cogí por el cuello. Seguidamente lo tiré al suelo y puse su cabeza por fuera del camión. –Tú. Me dejaste tirado cuando podías haberme ayudado. Querías que muriera. Dime. ¿Qué es lo que me impide matarte ahora? ¿Qué es lo que me impide tirarte del camión y hacer que tu cabeza quede hecha pedazos sobre el asfalto. Cuando lleguemos al campamento te largas.
—No me iré sin mi mujer y sin mi hija— respondió James mientras miraba el asfalto correr a menos de un metro de su cara. —¿Crees que no se lo que quieres y pretendes? Se que las quieres para ti, pero no dejaré que te las quedes. Antes muerto.
—Estás paranoico— le respondí. Entonces lo solté y dejé que se pusiera en pie. –Si vuelve a ocurrir algo así no tendré miramientos en matarte. ¿Te queda claro? Si algo ha hecho este apocalipsis en mi, es ni más ni menos el hecho de que me he vuelto más frio. No tengo miedo de matar. Para mi se ha convertido en algo necesario para sobrevivir en este mundo— después de decir eso me senté junto a Yuriko. No tardaríamos en llegar al campamento.

Campamento afueras de Greenwich…

Vicky y Rebeca estaban jugando con los demás niños. Siempre bajo la atenta mirada de Diana y los demás. Entonces ambas repararon en Cindy, la niña nueva. La cual desde su llegada apenas le había dicho a alguna de ellas más de dos palabras seguidas. Se pasaba el día entero toqueteando un walkie talkie que había sacado de su mochila. Vicky pensaba en ir a decirle algo cuando vio a Andy acercarse.
—¿Por qué no dejas ese trasto y vienes a jugar con nosotros? Luke y yo vamos a jugar a matar caminantes. Robaremos un par de armas y nos escaparemos del campamento. Esa chica de ahí no se enterará de nada. Es estúpida— dijo Andy mirando a Diana. –Venga, dame eso— en ese momento le quitó el walkie. –No funciona.
—Dámelo. Lo uso para poder contactar con mi abuelita. Vive en Macon.
—Tú abuela está probablemente muerta. Se la deben estar comiendo los gusanos.
—Eso no es cierto. Mi abuela está viva… Pero no quiere que mi madre lo sepa, por que sabe que irá a buscarla. Es un secreto. Por eso nunca habla.
En ese momento Rebeca y Vicky se acercaron. Vicky le quitó el walkie talkie a Andy y enseguida se lo devolvió a Cindy. –Dejadla en paz. Ella no os ha hecho nada.
—Chúpamela— dijo en ese momento Andy tocándose la entre pierna. –Luego que me la chupe tu padre— Andy y Luke se miraron y comenzaron a reírse mientras Cindy se pegaba el walkie talkie encendido a la oreja.
En ese momento llegó el camión en el que se habían ido. Y tanto Cindy como Vicky corrieron hasta el para recibir a sus respectivos padres. Los cuales habían regresado de una nueva misión.

Katrina y yo bajamos juntos del camión y entonces recibimos a nuestras respectivas hijas. Las cuales acudieron corriendo a nuestros brazos. Yo abracé a Vicky y esta me sonrió.
—Que bien que ya estés de vuelta papá. Temía que te hubiese pasado algo— dijo Vicky. Eso hizo que Katrina y yo nos miráramos recordando lo que había pasado en el supermercado de Riverside.
—No te preocupes— dije mostrándole que no tenía ni una herida. –Estoy completamente sano— me di la vuelta hacia el resto del equipo que aun estaba bajando del camión. –Descargadlo todo y repartid latas entre la gente. Lo agradecerán, yo voy a ver a Eva.
Vicky y yo caminamos hasta el autobús y subimos, allí estaba Eva tumbada en la cama. Ella no solía salir mucho de allí, me preocupaba que le ocurriera algo a ella o al bebé.
—¿Ya habéis vuelto?— preguntó Eva. —¿Cómo os ha ido?
—Bien. Aunque tuvimos un par de problemas— entonces miré a Vicky. –Cariño. ¿Por qué no vas a jugar con Cindy mientras hablo con mamá? Va a ser una conversación de mayores.
—Pero yo soy ya mayor. Soy de los niños la que mejor dispara. Puedo escuchar esto— respondió Vicky. Además, no puedes amenazarme con quitarme la paga. Ya que no la tengo.
—Vicky… Por favor…— le dije indicándole que saliera del autobús. Cuando Eva y yo estuvimos solos comencé a hablar. –James está paranoico. Cree que quiero algo con su mujer. Intentó dejarme morir en el supermercado. De hecho estaría muerto si no llega a ser por Katrina. Creo que eso podría traernos problemas.
—¿No confías en el?— preguntó Eva mientras yo me levantaba para mirarlos por la ventana. Desde allí vi como James se llevaba a Katrina a un sitio apartado. Nuevamente estaban discutiendo.
—Pues no demasiado. Ese tío parece un poco inestable— respondí mientras los veía discutir acaloradamente. Entonces vi algo que no me gustó nada. James abofeteó a Katrina y esta cayó al suelo. Allí la pateó mientras le gritaba algo. –Ahora vengo.
Salí corriendo del autobús en dirección a donde Katrina y James se habían apartado. Cuando llegué le asesté un puñetazo a James. Este cayó al suelo y le seguí golpeando mientras Katrina intentaba separarnos.
—No vuelvas a tocarla. No vuelvas a tocarla. Pedazo de mierda— le agarré la cabeza y se la estampé varias veces contra el suelo. –No vuelvas a tocar a mi hermana.
En ese momento me fijé en que Katrina se me había quedado mirando totalmente en silencio tras lo que había acabado de revelar. Yo la miré a ella.
—¿Qué estás diciendo?— preguntó Katrina —¿Es cierto eso que dices?
Me puse de pie y la miré directamente a los ojos, fue entonces cuando comencé a revelarle mi pasado, también ante la atónita mirada de James. –Dime si el nombre de tu padre es Manuel. Si estás segura de que era en Puzol. Dime todo lo que sepas de el.
—Si. Mi padre se llamaba Manuel. Así me lo dijo mi madre. También me dijo… Por que lo descubrió ella… Que el tenía otra familia y que su mujer estaba embarazada.
—Mi padre se llamaba Manuel. Se que es mucha coincidencia y mucha casualidad… Pero somos hermanos. No me cabe duda— respondí sintiendo que me invadía la emoción. –Somos hermanos.
Katrina me miró a los ojos y se me acercó. –No puedo creerme eso que me estás diciendo. Pero sin embargo no veo mentira en tus ojos. Sinceramente pienso que estás diciéndome la verdad. Será cosa del destino.
—Eso me temo— respondí. –Tenemos que hablar largo y tendido sobre esto— entonces volví a mirar a James –No vuelvas a tocarla. Si lo haces te mataré.
James se levantó y sin decir nada se alejó. Entonces Katrina se acercó a mí. –Antes no era así. Nunca antes me había puesto la mano encima. Ha sido todo esto lo que le hizo cambiar. El me quiere, a mí y a nuestra hija— decía mientras miraba a James junto a Cindy.
—Aun así no dejes que vuelva a pegarte. Eres muy fuerte. Lo noté aquella vez cuando sacamos a tu cuñado de la trampa, y hoy lo volví a ver cuando me salvaste la vida. No vuelvas a dejar que te haga daño. ¿De acuerdo?
Katrina asintió y me miró. –Lo se. Voy a ir con mi hija. Esta noche hablamos. ¿Vale?
—De acuerdo— respondí. –Mañana al amanecer nos iremos de aquí.

Área de servicio… Arizona…

El vehículo regresó al campamento de Carlos. Nada más detenerse, David se bajó de un salto de la parte trasera. Había tenido demasiadas emociones ese día.
—¿A dónde vas?— preguntó Butch. —¿No nos ayudas a descargar?
—Quiero ir a hablar con mi mujer— respondió David.
—Ni que hiciese un año que no la ves— respondió Butch sin bajarse de la camioneta.
—Déjalo. El muchacho está enamorado. Podemos descargarlo nosotros solos— dijo Carlos. –Deja de armar follón.
David se alejó de la camioneta. Pasó junto a Tina, a la cual le preguntó donde estaba Alicia. Esta le indicó que estaba en el interior de la tienda. David avanzó hacia allí y al entrar se encontró con Alicia y Sandra cambiándole los pañales a Cristian. Yako estaba tumbado cerca de ellas como un buen perro guardián. Cuando David se acercó le dio un beso a Alicia.
—Anda. Hola. ¿Hace mucho que habéis vuelto?— preguntó Alicia.
—Ahora mismo. Escucha, necesito hablar contigo. Sandra. ¿Puedes quedarte un momento con el niño? Necesito hablar con Alicia.
—Claro— respondió Sandra.
David se llevó a Alicia a los baños, se aseguró de que estuvieran a solas y luego cerró la puerta. Eso hizo que Alicia sonriera.
—¿No puedes esperar a la noche?— preguntó Alicia acercándose a el para darle un beso. Entonces David puso las manos delante para que no se acercara mucho más.
—No es eso. Hay algo que tengo que decirte. Es importante. Tiene que ver con Carlos. Escucha, este lugar no es seguro… Y tampoco lo son Las Vegas. Fuimos a Joseph City para coger armamento. Carlos pretende entrar en Las Vegas por la fuerza si no nos dejan pasar. Eso iniciaría una guerra que ocasionará muchas bajas. Tenemos que irnos.
—Si nos vamos… No sobreviviremos solos. Y si lo que quieres es ir con Juanma. Jamás lo encontraremos. Han pasado dos meses desde que nos separamos. Nuestras únicas posibilidades de sobrevivir se encuentran con Carlos. Y recuerda que no somos solo nosotros. Tenemos un hijo. Podemos irnos ahora y morir mañana.
—O podemos permanecer aquí y morir de todos modos. No estamos seguros. Carlos es un loco que nos llevará a la muerte a todos. Incluidos nosotros. Tenemos que irnos.
—No puedo irme. No ahora— respondió Alicia –Por que…
—¿Por qué?— preguntó David. —¿Qué es lo que ocurre?
—Por que estoy embarazada. Si nos vamos no sobreviviremos. Ni nosotros ni nuestro hijo— respondió Alicia.
En ese momento David miró a Alicia y posó sus manos sobre su vientre. —¿De cuanto estás? ¿Cuánto hace que lo sabes?
—Estoy de unas dos semanas. Y me he enterado mientras tú estabas fuera. Ahora, más que nunca tenemos que permanecer en este grupo y entrar en Las Vegas como sea. Se lo que quieres decir… Pero… No podemos irnos. Así no. Solo quiero lo mejor para nosotros. Un futuro en el que podamos estar sanos y salvos. Las Vegas es ese lugar.
David en ese momento abrazó a Alicia. –Está bien. Por nuestro hijo.
David no podía obligar a Alicia a marcharse de allí, y menos tras revelarle que estaba embarazada. Podría marcharse de allí y buscar a Juanma y a su grupo, pero eso podría llevarles meses. ¿Y si Alicia se ponía de parto mientras eran perseguidos por caminantes? Eso iba a ser un desastre. ¿Y estaba el capacitado para tomar decisiones? Eso era algo que el no sabía, pero tampoco iba a arriesgarse. No era el él único que se arriesgaba. Ahora iba a tener tres vidas a su cargo. Aun a su pesar, Las Vegas seguían siendo la tierra prometida. Y era allí a donde se iban a dirigir, solo quizás, si Alicia no estuviese embarazada, se arriesgaría a marcharse de allí.

Las Vegas…
22:00 de la noche…

La puerta de los calabozos se abrió y entraron varios hombres. Luci alzó la cabeza de la cama y vio la luz del pasillo. Se puso en pie lentamente pensando que iban a llevarles comida. Avanzó hacia los barrotes y miró. Eran tres hombres a los que no había visto nunca. Uno de ellos era un chico joven que vestía como un cowboy.
—Este, ese y aquel otro— decía el cowboy señalando a varias celdas. —¿Quién puede ser el cuarto? Dorian quiere a cuatro para esta noche. Se sumarán a los otros dos que esperan arriba. De verdad es una lastima el que acaben muertos en la mayoría de los casos.
—Más bien la lastima es que la suerte les sea tan mala— respondió otro de los hombres.
Los hombres abrieron la celda de Tom, y las de un hombre y una mujer a los que aun no había visto. Entonces uno de los hombres se paró ante la celda de Luci y luego miró a sus compañeros.
—¿Qué os parece esta? Parece en buen estado.
El chico con pintas de cowboy se acercó y se la quedó mirando. –No. Esta no. Mira lo flacucha que es. Está en los huesos. No durará ni medio minuto. Coged al viejo de aquí al lado. Este siempre suele darnos un buen espectáculo. ¿No os acordáis? Este mató a varios caminantes seguidos. Su compañero no tuvo tanta suerte… El caminante que le tocó era demasiado grande para el. Antes de que pudiésemos darnos cuenta el caminante le había sacado las tripas.
Los hombres comenzaron a sacar a los elegidos de sus celdas. Nada más sacarlos les pusieron unas esposas. Justo cuando iban a ponérselas a la chica, esta se soltó y pasó corriendo junto a la celda de Luci en dirección a la pared del fondo. Luci se asomó y vio entonces a la chica tratando de escapar por una pequeña ventana por la que era imposible que pudiera pasar una persona adulta. Luci pensó que los hombres iban a ir a por ella, pero en lugar de eso soltaron a los perros. En pocos segundos, dos doberman pasaron corriendo y se abalanzaron sobre la chica.
Los gritos de la muchacha pronto se escucharon por todo el calabozo, al igual que los gruñidos de los perros. Al poco rato llamaron a los perros y Luci pudo ver el cuerpo de la chica. Este tenía marcas de mordiscos por todo el cuerpo. El que le había quitado la vida había sido uno directo a la yugular.
—Joder. Que mierda. Los putos chuchos la han destrozado. Esta ya no sirve ni para caminante. ¿Qué hacemos con ella?— preguntó otro de los hombres.
—Córtale la cabeza. Eso para que no se reanime. El resto de su cuerpo hacedlo pedazos y alimentad a los perros— respondió el cawboy. –Ahora vamos a necesitar a otro.
Sacaron a un hombre y unos minutos después se los llevaron a todos. Cuando se los llevaron entraron un par de hombres que fueron directos a por el cuerpo de la chica. Segundos después los hombres salieron, uno de ellos iba arrastrando el cuerpo y el otro llevaba la cabeza agarrada del pelo. Cuando pasaron junto a la celda de Luci, esta pudo ver la cabeza de la chica. Esta ya había vuelto a la vida. Cuando se marcharon, Luci se dirigió a Isabella.
—¿Qué ocurre? ¿A dónde se los llevan?
—Ya te lo han contado. Se los llevan a esos juegos, de los cuales muy pocos regresan. No se si mi marido sigue vivo o no, pero esos juegos no son lo peor. Lo peor viene después. Aquí en Las Vegas hay cuatro tipos de personas: Dorian y sus chicos están en lo más alto, son los que mandan y manejan todo el cotarro, por debajo de ellos están los delincuentes a los que Dorian tiene a sueldo, los que se encargan de salir a buscar provisiones y de la protección, luego están los ricachones que no hacen otra cosa que comer, beber y follar. Son los que pagan a Dorian por su protección, y lo hacen con dinero de verdad. Luego están los civiles, ósea, nosotros. Los cuales somos muy prescindibles y hay veces que se permiten el lujo de desecharnos o usarnos en los juegos.
—Eso ocurre cuando hacéis algo que no les gusta. Como tratar de huir. ¿No?— preguntó Luci.
—Y muchas veces se las arreglan para culparte de algo que no has hecho. Luego acabas aquí y les sirves de entretenimiento en esa jaula o el algún otro juego. Créeme que lo mejor es morir ahí y no salir vivo. Por que es mientras estás ahí cuando los ricachones hacen sus apuestas e incluso se encaprichan de ti, pagándole sumas enormes a Dorian.
—¿Qué es lo que quieres decir?— preguntó Luci.
—Me refiero a que cuando se encaprichan de ti y pagan. Pueden hacer de ti lo que les da la gana, desde follarte hasta tenerte de criada. Hasta el punto de matarte. Aquí hay mucho enfermo. Por eso, si alguna vez te llevan ahí arriba. Intenta no sobrevivir.  No te convendría ganar. Se de lo que hablo.
Luci comprendió aquello enseguida. Seguramente Isabella había pasado por todo aquello. No quería ni imaginarse las cosas a las que la habían sometido. Palizas, violaciones en grupo. Luci desde luego se negaba a acabar así. De hecho lo primero que pensó fue en que quizás nunca tuvo que salir viva de Madrid. Que tenía que haber muerto cuando le mordieron, nunca tuvieron que curarla. Aquello solo le había traído problemas desde que habían llegado a los Estados Unidos.

Día 27 de Marzo de 2010
Día 637 del Apocalipsis…
Greenwich… Connecticut…
08:00 de la mañana…

Katrina y yo habíamos estado hablando toda la noche. Nos lo habíamos contado todo, incluido lo de que nuestros padres habían muerto, ella me había contado que creía que también su madre había muerto. Me había contado que estaban de viaje cuando estalló la pandemia y que no habían podido regresar a Macon. Finalmente habíamos llegado a la conclusión de que realmente si éramos hermanos por parte de padre. Lo cierto que había sido una enorme sorpresa y una enorme casualidad. ¿Qué posibilidades habría de que dos hermanos que ninguno conocía la existencia del otro y que vivían en distintos puntos del planeta se encontraran? ¿Y más en la situación que nos encontrábamos? Verdaderamente había sido cosa del destino.
Con el amanecer comenzamos a recoger para marcharnos de allí. Aun no sabíamos a donde nos íbamos a dirigir, eso era algo que ya averiguaríamos sobre la marcha. Lo importante era recoger todo para ponernos en marcha lo antes posible. Justo en ese momento vimos a Cindy correr hacia nosotros con un walkie talkie en las manos. Cuando llegó junto a nosotros vimos que estaba eufórica.
—Mamá, mamá— decía la niña dando saltos delante de nosotros mientras le daba el walkie a su madre. –Es para ti.
Katrina cogió el walkie y sonrió a su hija. –Muchas gracias tesoro, pero no necesito un walkie.
—No mamá. Es la abuelita. Está al otro lado. Dice que está en la comisaria de policía— dijo en ese momento Cindy. Entonces Katrina me miró a mí con expresión de sorpresa y luego se llevó el walkie a la boca.
—¿Mamá?— preguntó Katrina.

En ese momento escuchamos la voz de una mujer al otro lado de la línea. —¿Katrina? ¿Eres tú hija? Estoy en Macon… Y hay cientos de ellos ahí fuera. Katrina, llevo tanto tiempo buscándoos… Necesito ayuda.