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sábado, 24 de octubre de 2015

NECROWORLD Capitulo 92

Día 1 de Abril de 2010
Día 642 del Apocalipsis
Aldea Amish… 07:00 de la mañana…

Le había contado todo a Malaquías, todo lo que me interesaba que supiera, sin embargo me había guardado otras muchas cosas para mí. No creía que le interesara. Además, tampoco quería que supiera demasiado. Levine tampoco dijo nada sobre nosotros, aunque era evidente que ahí si conocían su don. Malaquías se mostró en todo momento atento y no me puso pegas de ningún tipo, enseguida aceptó el hecho de que mi grupo y yo pudiésemos trasladarnos allí. Lo cierto es que para mi gusto era un lugar tranquilo en el que si nos lo proponíamos podíamos echar raíces.
—Es mi obligación mostrarte entonces la aldea mientras hablamos con tranquilidad— en ese momento Malaquías miró a Levine. –Richard. ¿Podrías ir preparando un caballo para nuestro invitado? Querrá regresar rápido junto a su gente para traerlos aquí. ¿Me harías el favor de ensillárselo?
Levine asintió y salió de la casa mientras Malaquías y yo nos quedábamos a solas. Yo no podía evitar seguir mirando la casa, se suponía que los Amish no tenían luz eléctrica.
—Perdone mi indiscreción señor Malaquías, pero esta casa no parece de un Amish.
—No es indiscreción. Acompáñame— Malaquías y yo salimos de la casa y comenzamos a caminar por la aldea, entonces siguió hablando. –Yo no soy Amish, llegué aquí hará cosa de un año. Estaba completamente desvalido y hambriento. Estas personas me acogieron y me dejaron quedarme. Hice muy buenas migas con el líder. Cuando este murió me aceptaron como el nuevo líder, hice construir mejores muros para que esos demonios no pudieran entrar. Aunque gracias a la fe que tenemos, estos nunca se acercan a nuestros muros. La fe es mucho más fuerte que el mal. ¿No crees?
Iba a decirle que no, que no creía que fueran demonios, pero cada uno tiene su visión de las cosas y tampoco quería discutir con el hombre que iba a acogernos en su aldea. –Bueno, supongo que todo tiene cierto sentido. Desde luego este desastre no es normal. Algo lo tiene que haber producido, un virus o váyase usted a saber. Cada uno tiene sus creencias y sus teorías. En mi grupo hay un sacerdote que también piensa que es cosa de un castigo divino. Y hace tiempo en Washington D.C nos encontramos con un grupo de personas que eran enviados del vaticano para erradicar el mal de la tierra. Ellos veían a los caminantes como demonios. Los erradicaban y crucificaban a aquellos que consideraban que debían ser purgados, aunque estos no fueran caminantes.
Malaquías sonrió. –Si, es increíble el hecho de que algunos lleven sus creencias tan al extremo, pero aunque yo creo que todo esto tiene que ver con el demonio, no sería capaz de hacer esas atrocidades. Si algo he aprendido de todo esto es que el demonio está en todos nosotros, la cuestión está en si lo dejamos salir o no. Y evidentemente nunca debemos dejar que salga. Eso nos puede convertir en monstruos.
—Eso es totalmente cierto— respondí mientras pasamos junto a una mujer que estaba tendiendo la ropa. Entonces miré a Malaquías. –Se nota lo tranquilos que viven aquí, pero Levine me contó que no sufren ataques desde fuera.
—Los demonios no vienen hasta aquí por que no pueden enfrentarse a nuestra fe.
—¿Y que ocurre cuando alguien muere de forma natural? ¿Saben que cuando alguien muere aun sin ser mordido este vuelve?
—Eso ocurría antes de mi llegada, pero cuando llegué y me hice el líder no volvió a ocurrir. Este lugar es como el edén. Es el lugar perfecto para vivir y lo descubriréis cuando os establezcáis. Aquí seréis bienvenidos todo tu grupo.
En ese momento un grupo de chicas avanzó corriendo hacia nosotros y rodearon a Malaquías. Todas vestían de forma similar, una de ellas, una joven rubia de unos diecinueve años comenzó a hablar.
—Señor Malaquías. ¿Cuándo será la ceremonia? Estamos ansiosas. ¿Podremos ver a los Ángeles?
Yo me quedé pensativo al escuchar aquellas palabras. ¿De que Ángeles estaban hablando? De repente todo aquello estaba empezándome a sonar extraño. Quizás demasiado, tanto que estaba planteándome seriamente dejar de lado la idea de llevar allí a todo mi grupo.
—Pronto. Sed pacientes— respondió Malaquías. Las chicas se marcharon y entonces el me miró. –Lo de los Ángeles es una ceremonia donde las chicas hacen una especie de comunión. Se que suena raro pero es así. Son costumbres de los Amish. No creas que no se lo que estás pensando. Debes estar pensando si es buena idea traer a tu gente a un lugar donde el que manda es un tipo que parece un líder sectario y dudas si puedes fiarte de mi— Malaquías me paró y me puso las manos en los hombros. –Confía en mí sin miedo. Para más seguridad y para demostrar que puedes fiarte de mí, permitiré que llevéis vuestras armas en todo momento. Además, aquí hay muy pocos jóvenes y muchos menos hombres que sepan manejar correctamente un arma de fuego.
Malaquías tenía razón. Salvo los que había visto escoltándonos, ya no había más chicos jóvenes. ¿Qué habría pasado?
—¿Y donde están?— pregunté. –Tengo muchas preguntas en realidad. Quiero saberlo todo de este lugar. Quiero saber hasta que punto es seguro el lugar y lo de fiar que son sus habitantes. No quiero llevarme malas experiencias. Ya van demasiadas veces y mi confianza no es la de antes.
—Y sin embargo estás aquí frente a mí. Un hombre al que acabas de conocer— respondió Malaquías. Respecto a los jóvenes… Como todos los jóvenes, estos van a la suya. Se marchaban de aquí para unirse a la lucha en la ciudad contra los demonios. Algunos volvían con el mal dentro. Aunque todo eso fue antes de mi llegada.
—Estoy aquí por que confío en Levine y en lo que me contó. Además, me quitaron el arma al entrar. Ahora estoy desarmado. Y estoy solo, estoy claramente en desventaja— respondí.
—No puedo culpar tu desconfianza. El mundo ha cambiado demasiado. Tanto que no puedes fiarte ni de tu sombra. Pero aquí somos gente de paz y que únicamente quiere sobrevivir al apocalipsis.
En ese momento apareció Levine acompañado de un caballo de color marrón. Este lo trajo hasta nosotros y yo me acerqué, acaricié al caballo y me fijé en una bolsa que había colgado de la montura. Metí la mano dentro y encontré mi arma, la saqué y comprobé que llevara toda la munición. Y la llevaba. Eso me hizo mirar a Malaquías. –Voy a traer a mi gente aquí. Pero a la primera señal de peligro nos marcharemos. Espero que nadie cometa tonterías, no soy de esos a los que les tiembla el pulso a la hora de acabar con aquellos que intentan joderme. Si tengo que confiar en usted quiero que me demuestre que puedo hacerlo. Viviremos aquí y les ayudaremos con lo que podamos o sea necesario. Caza, labrar o incluso proteger, pero tendremos nuestras propias reglas para nosotros. Dormiremos cuando queramos y montaremos guardias, los adultos nos instalaremos en nuestros vehículos y tiendas de campaña que montaremos cerca del granero. Los niños necesitarán una casa para vivir, estos estarán vigilados en todo momento por adultos.
Malaquías sonrió. –Me parece bien y es aceptable, pero tienes que prometerme algo. Quiero que me prometas que mientras pase el tiempo irás confiando más en nosotros y abriéndote más a la confianza. Digamos un mes. Un mes para que confíes  en mí y sepas que tu gente no correrá peligro aquí. Que estarán seguros y vivirán felices.
—Dos— respondí. –Dos meses desde el momento que mi gente ponga sus pies aquí.
—Me parece bien— respondí. Le estreché la mano a Malaquías y me subí al caballo. Levine me fue llevando hacia la salida mientras me hablaba.
—¿Has perdido la cabeza? Te dije que son de fiar, esta gente no mataría ni una mosca. Malaquías puede parecer un tipo raro, pero ese hombre ha hecho que la gente de aquí viva sin miedo. Vamos, no me puedo creer que se te haya ido la cabeza de ese modo. Has tenido suerte de que no haya puesto pegas.
—El mismo lo ha dicho. En este mundo uno ya no puede fiarse ni de su sombra— respondí.
Llegamos a la puerta y mientras la abrían, Levine me entregó un mapa con un camino marcado. Siguiendo este camino llegaras a tu campamento y podrás regresar aquí. Esta noche supongo que volveríamos a vernos.
—Supongo— respondí haciendo que el caballo comenzara a moverse de regreso al campamento. En mi opinión el lugar era perfecto para vivir, aunque estaba la pega de que no me terminaba de fiar y que aunque Malaquías no parecía mala persona, quizás ocultara a aquel demonio del que tanto hablaba. Las demás personas que había visto no parecían peligrosas. Estaban tan tranquilos con mi presencia allí. Hablaría con mi grupo y dejaría que ellos decidieran, aun así iba a mantener mis condiciones. Suponía que después de todo querrían ir allí, y por otro lado el embarazo de Eva seguía adelante. No podría dar a luz en cualquier lugar y tampoco quería arriesgarme con la idea principal. No quería ni imaginarme si se ponía de parto mientras huíamos.
Di con los talones al caballo y este aceleró el paso. Quería estar en el campamento antes de que llegara el medio día. Por el camino me pareció ver entre los matorrales una túnica blanca manchada de sangre, pero no le presté atención.

Prescott… Arizona…
09:00 de la mañana…

El grupo de Carlos había llegado a Prescott, concretamente a la misma casa donde habían parado a descansar antes de que la falsa embarazada hiciera su aparición. Una vez allí aseguraron esa parte y entraron en la casa. Donde Carlos reunió a todos para hablarles.
—Como ya sabéis, fueron los hermanos Spencer los responsables de todo esto. Afortunadamente se donde se encuentran y se lo haré pagar— decía Carlos. Aunque nadie parecía escucharle. Todos lo miraban con cierta hostilidad, especialmente David.
—No seas hipócrita. Tú has hecho lo mismo con diez de los nuestros. No se quien te has creído que eres… Esto no es ser un líder. Esto es ser un cabrón.
—¿Y querías que hiciese? Estamos vivos gracias a ello. A veces hay que sacrificar peones— replicó Butch poniéndose de lado de Carlos. –Tú estás vivo gracias a esos sacrificios.
En ese momento Carlos miró a Butch. –Tiene razón. Pero cuando me ofrecieron esto urdí un plan, pero debemos ponerlo en marcha ahora mismo. Que todos los que sean capaces de usar un arma vengan conmigo. Esos idiotas no nos quitaron las armas. Vamos a atacarles, rescataremos a los nuestros y masacraremos a esos cabrones.
—¿Masacrarlos? Allí hay mujeres y niños. Los vi, hablé con ellos. Hay incluso bebés— respondió Alicia. –No podemos hacer algo así.
—No podremos rescatar a los nuestros sin luchar— respondió Carlos caminando hacia ella y hacia David. Cuando estuvo delante de ellos agarró a David de los hombros. –Te entendí perfectamente en aquel momento, yo pensaba en lo mismo, pero si hubiésemos hecho algo no habríamos salido vivos de allí, pero ahora te necesito a mi lado en esto.
David lo apartó de el. –No pienso participar en el asesinato de mujeres y niños.
—Ellos no nos habrían perdonado la vida y las mujeres y los niños a los que no quieres matar se habrían alimentado con nuestra carne. Si vamos a por ellos no podemos dejar cabos sueltos. Todos o ninguno. ¿Qué crees que pasará si dejamos a alguno vivo? Los supervivientes vendrían a por nosotros y matarían a gente. Los supervivientes volveríamos a por ellos y mataríamos a más, acabaríamos metidos en un bucle de muertes. Por eso tenemos que cortar el problema de raíz. Al fin y al cabo fueron ellos quienes se metieron con nosotros primero. Podemos terminar con esto ahora.
—No cuentes conmigo— respondió David. Entonces miró al resto de los presentes. —¿De verdad vais a seguirlo hasta esa locura? Pensad en esas mujeres y esos niños. Ellos no tienen la culpa de lo que hagan otros. Ellos no pudieron elegir, ellos no pueden decidir por si mismos. Están bajo el mando de otros que los obligan a esto. No seremos mejores que ellos si lo hacemos. Podemos hacerlo de otra manera.
—¿De cual?— preguntó Carlos. –Ilumínanos a todos. Expón tu idea y veamos si merece la pena seguirla— Carlos se acercó a David y al ver que no decía nada siguió hablando. —¿Nada? Lo suponía. Muy bien, quédate si quieres, pero si vuelven y esta vez matan a Alicia y a Cristian solo será tu responsabilidad. Que todo el que quiera venir conmigo que se prepare. Dentro de unas horas estaremos demostrándoles que no somos pedazos de carne.
Todos salvo los más mayores, David y Alicia comenzaron a seguir a Carlos. Cuando Sandra pasó junto a David este la cogió del brazo.
—No lo hagas Sandra. Por favor…
—Ellos mataron a mi perro. No te preocupes, no pienso disparar contra mujeres y niños aunque lo hagan los demás— dijo Sandra.
—Estarás participando de todos modos.
Sandra no dijo nada y se alejó junto a los demás mientras David se llevaba las manos a la cabeza. Primero, Carlos había dejado allí a diez personas entre las que estaban Kyle y Tina… Y ahora quería regresar a por ellos acabando con todos los captores sin hacer distinciones. Acabando con todos incluyendo a mujeres y niños de distintas edades.
Cuando se iba a marchar el grupo de asalto encabezado por Carlos, este se acercó a David. —¿Estás seguro que no quieres venir? Aun estás a tiempo.
—No pienso hacerlo— respondió David. –Paso de vender mi alma al diablo.
—Ya lo has hecho— respondió Carlos. Entonces se metió la mano en el bolsillo y sacó un papel que le entregó a David. –Muy bien. Pues al menos haz esto.
David abrió el papel y vio cosas apuntadas. Parecían coordenadas. —¿Qué es esto?
—Son la ubicación de donde se encuentran los Spencer. Esos gilipollas están vivos. Quiero que vayas, los encuentres y acabes con ellos antes de que encuentren un agujero donde esconder sus asquerosos culos. Ellos fueron los responsables, y por su culpa podrían haber matado a Alicia. Al menos haz eso. Solo eso, no volveré a pedirte nada más.
David se guardó el papel. –Está bien, pero esto es lo ultimo que hago.
Carlos sonrió y comenzó a dar órdenes. –Muy bien. Nos vamos. Los que no vengan que se metan en el sótano de la casa hasta que regresemos. Ahí no correréis peligro.
—¿Y si no volvéis?— preguntó una mujer.
—Volveremos con toda seguridad— respondió Carlos.
Carlos y los que lo iban a acompañar se subieron a los vehículos y se alejaron de allí en dirección a aquel almacén del que habían salido. Dispuestos a acabar con todos los caníbales y rescatar a los que se habían quedado. David los observó irse desde la ventana. Se dio la vuelta y comenzó a prepararse la mochila y las armas para ir a buscar a los Spencer. Tuvo que parar por que le temblaban las manos, entonces Alicia se le acercó.
—Se que no deseas hacerlo, pero ellos nos dejaron vendidos. Y Carlos no creo que nos lo deje pasar— dijo Alicia.
—¿Me estás diciendo que lo haga?— preguntó David.
—No. Te estoy dejando que tomes tú esa elección. Sea la que sea te apoyaré aunque sea quitándole la vida a aquellos que vendieron las nuestras. Haz lo que creas conveniente.
David salió de la casa tras darle un beso a Alicia, miró el papel y consultó las coordenadas. Según ese papel, los Spencer estaban escondidos en una mina cerca de Prescott. Podría llegar a pie.
David se puso en camino mientras en su cabeza pensaba en varias formas de hacerlo y en no sentirse culpable después. En como evitar que las miradas de los Spencer le persiguieran toda la vida.

Campamento…
12:30 del medio día…

Llegué al campamento y muchos salieron a mi encuentro. Juan se acercó rápidamente y sostuvo al caballo para evitar que se marchase, luego le dio unas palmadas para que no se pusiera nervioso. Desmonté y me encontré cara a cara con Katrina.
—¿Cómo te ha ido?
—Bien. Ahora os lo cuento todo. ¿Ha habido algún problema mientras estaba fuera?— pregunté. Entonces Katrina negó con la cabeza. Todo estaba normal.
Un rato después reuní a todos y les conté la situación, el como eran allí las cosas, se lo conté todo sin dejarme nada, incluido lo religiosos que parecían ser, era con diferencia lo que más me echaba para atrás, no quería encontrarme con una especie de secta religiosa. Algunos lo hablaron y fue el padre Kaleb quien abrió la boca.
—Bueno. No tienen el por que. Se sabe que los Amish tienen costumbres religiosas. No es de extrañar que tengan esas creencias de que esos seres son obra del demonio. Yo también lo creo y no por eso soy un monstruo.
—También tendremos nuestras propias reglas aunque vivamos allí con ellos. No nos inculcarán nada, pero si tendremos que ayudarles cuando sea necesario. No dije que iríamos seguro, simplemente se lo dejé en el aire. Quiero que lo decidamos entre todos. Quiero conocer vuestras opiniones al respecto.
—Aquí tenemos heridos y una embarazada. No es un secreto que también se están formando parejas, es un hecho que el número de embarazos va a aumentar en los próximos meses. Creo que no es buena idea seguir este camino de búsqueda cuando ya tenemos un lugar al que poder ir. Desde un principio yo voto por la aldea Amish. Allí Sheila y yo podríamos montar una pequeña clínica que nos serviría a todos— dijo Melanie. Muchos estuvieron de acuerdo con ella y votaron por el si.
—¿Y que pasará si después resulta que no son tan buenos como dices? ¿Qué ocurrirá si resulta que es una trampa? Puede que ese tipo que camina entre los muertos no sea tan de fiar y que nos traicione. Al fin y al cabo no lo conocemos— dijo Eva.
—Malaquías. Así es como se llama su líder no se opondrá a que llevemos nuestras armas en todo momento. Así estaremos más seguros. Yo creo que merece la pena intentarlo, pero intentarlo con toda la precaución posible. Estar siempre atentos por si hay cosas raras. Yo tampoco me puedo fiar tan tranquilamente, pero también pienso que no todo el mundo puede ser un peligro, deben quedar más grupos como nosotros que únicamente tratan de sobrevivir. Creo que hemos encontrado uno de esos grupos. Podemos intentarlo.
El grupo estuvo murmurando y finalmente todos dieron su voto para el si. Después de la reunión comenzamos a desmontar el campamento. Mientras nos preparábamos para irnos me acerqué a Vicky, esta estaba dándole de comer al caballo.
—¿Te gusta? Si quieres cuando vayamos a la aldea puedes venir montada en el conmigo. ¿Quieres?
—Me encantaría— respondió Vicky.
En ese momento vi a Luke subiendo al autobús mientras le estiraba de la coleta a Rebeca para hacerla rabiar. —¿Y Luke? ¿Lo has vigilado como te dije?
—No ha dicho ni hecho nada raro, he estado con el todo el tiempo. Al igual que Rebeca, Cindy y los demás niños.
—¿Se lo has contado a alguien?— le pregunté
—No. En lo que a mi respecta es un secreto entre los dos. Si alguien quiere decir algo deberías ser tú— respondió Vicky. –Aunque no estoy totalmente segura de que haya sido el. Es raro, pero no tiene cara de asesino. Aun así, lo mantendré vigilado.
—Muy bien— respondí mientras le acariciaba el cabello. –Estoy muy orgulloso de ti y de como has madurado. Ya no eres esa niña que conocí hace tiempo.
En ese momento se me acercó Juan y me puso la mano en el hombro. –Ya estamos listos. Nos podemos ir cuando quieras.
—Muy bien— miré a Vicky y con un gesto le indiqué que subiera a lomos del caballo. La ayudé y seguidamente subí yo. Hice pasar al caballo al frente de los vehículos e inicié la marcha en dirección a la aldea Amish. Estaba deseando llegar a la aldea y establecerme allí junto a todos los demás. Tenía la sensación de que era la definitiva.

18:56 de la tarde…

Eran casi las siete de la tarde cuando llegamos a la aldea. Varios Amish salieron a nuestro encuentro, los cuales nos condujeron hacia las puertas del muro que separaba la aldea del bosque. Nada más llegar, Vicky y yo nos bajamos del caballo y le mostré todo aquello.
—Esto es muy bonito papá— dijo ella. Entonces me señaló a un lugar y me fijé en que Malaquías se nos acercaba seguido de una enorme multitud de habitantes de la aldea. Se nos estaban acercando para darnos la bienvenida.
—Me alegro de que hayas tomado esta decisión. Necesitamos a gente fuerte a este lado del muro. Por favor, instalaros. Esta noche en vuestro honor hemos matado a un cordero para que comáis.
Pude escuchar como gritos de alegría cuando Malaquías mencionó al cordero. Algunos incluyéndome a mi habían olvidado la ultima vez que habían comido carne caliente. Entonces Malaquías miró a Vicky.
—¿Es tu hija?
—Así es— respondí. –Su nombre es Victoria, pero todos la llamamos Vicky.
—Es un placer conocerte Vicky. Mi nombre es Malaquías— dijo Malaquías estrechándole la mano a Vicky tras una reverencia, seguidamente se inclinó para besarle la mano. –Las princesas merecen un trato especial.
—Que nombre más raro— dijo Vicky.
—Es el nombre de un profeta. Algún día te explicaré que significa— Malaquías abrió en ese momento los brazos y nos dio la bienvenida a su aldea. Todo mi grupo ya estaba fuera de los vehículos y comenzaron a presentarse a los aldeanos. Algunos de ellos incluso traían regalos, vi como dos de ellos compartían vino con Juan y Johana. En ese momento Melanie se acercó a donde estábamos Malaquías y yo. Esta le estrechó la mano a Malaquías y comenzó a hablar.
—Tenemos heridos y a una mujer embarazada. Me gustaría que nos prestaran un lugar en el que pudiéramos montar una clínica para todos. También me gustaría saber los conocimientos médicos de la gente que aquí habita. Si nos dijese donde podemos montarla le estaría muy agradecida.
—Por supuesto. ¡¡Bridget!!— llamó Malaquías. Entonces apareció una mujer de unos cuarenta años. Entonces nos la presentó –Ella es Bridget. Es nuestra partera. Por favor Brid, lleva a esta chica a la casa clínica y que se establezcan allí.
—Muchas gracias— respondió Melanie. –Voy a recoger la ambulancia donde tenemos todo el material— Melanie se giró hacia Sheila y le pidió que ella y los heridos se fueran con Bridget. Cuando se fueron, Eva también fue con ellas, no parecía estar muy contenta con la elección tomada, pero yo si me alegraba de que por fin después de tanto tiempo fuese a tener una cama de verdad en la que descansar.
—¿Su mujer Juan?— preguntó Malaquías. –No parece muy contenta de estar aquí. Supongo que aun no confía en nosotros. No puedo culparla. Con el tiempo se acostumbrara a esto y se alegrará de estar aquí. ¿Puedo hablar contigo a solas?
—Claro— respondí. Entonces vi a algunos niños de la aldea hablando con los de nuestro grupo. Entonces le dije a Vicky que fuera con ellos mientras yo hablaba con Malaquías.
El líder de la aldea y yo fuimos hasta la misma casa donde lo había conocido y allí ambos tomamos asiento. El me sonrió.
—No esperaba un grupo tan numeroso. No me malinterpretes, me parece bien que sean tantos. Aquí no tenemos falta de comida gracias a los cultivos y los animales que cazamos y criamos. Podrías traer a cien personas más y seguiríamos teniendo comida para todos. No tenemos problemas de eso, con lo cual se puede decir que somos afortunados.
—Lo son. Ahí fuera hay que soportar muchas penurias. Mi gente hace más de dos meses que no comen más que latas de conserva. La caza no nos ha dado tampoco para mucho. Aun así lo hemos llevado lo mejor que hemos podido, pero lo realmente malo es lo de fuera. Cuando no son caminantes son personas ambiciosas que quieren lo que otros tienen y no les importa matar para conseguirlo. Y ahora que tenemos heridos y una mujer que dará a luz dentro de cinco o seis meses… Este lugar es como el edén para nosotros. No hay nadie que desee más que yo lo de quedarnos aquí y prosperar.
—Me gusta tu actitud. Lo digo de verdad, hombres como tu son los que necesita este mundo. No esos de ahí fuera que se destruyen los unos a los otros por un trozo de pan. Lo que quiero decir es que entre tanto mal siempre se alza un hombre capaz de cambiar las cosas. Un hombre digno de ser seguido y que guie a la luz a través de las tinieblas en las que se haya sumido el mundo. Antes de llegar aquí vi todo aquello que has mencionado. Hombres matando a hombres. Dejando salir al demonio de su interior. Ya no debes temer eso, aquí estaréis seguros y tranquilos tu gente y tu.
—Muchas gracias señor Malaquías— dije. Aunque aun no tenía aun demasiada confianza. No iba a perder a Malaquías de vista, ni yo ni mis demás compañeros. Tampoco iba a dejar las armas. Nunca se puede saber cuando van a torcerse las cosas y cuando vas a necesitar echar mano de un arma.

Día 2 de Abril de 2010
Día 643 del Apocalipsis..
Afueras de Prescott…
01:00 de la madrugada…

David llegó a hurtadillas a la mina donde supuestamente estaban escondidos los hermanos Spencer. Espero a que se hiciera de noche para poder aproximarse sin ser visto. Cuando estaba cerca se escondió detrás de unas rocas, miró hacia la entrada de la mina y entonces descubrió un resplandor de color naranja. Evidentemente una hoguera.
David se puso en pie y caminó con sigilo hacia la entrada, una vez allí esperó y escuchó. Podía escuchar las voces de los dos hermanos, parecía que estaban discutiendo sobre algo. David pensó en algo rápido, una granada y adiós. Eso sería lo más fácil, pero entonces descartó la idea, pensó en algo mejor y entró. Avanzó por el túnel hasta que llegó a donde los dos hermanos discutían.
—Buenas noches— dijo David saludándolos como si nada y sentándose sobre una roca ante la mirada atónita de los dos hermanos. Una vez sentado se descolgó la mochila del hombro y se la puso a los pies –Se está bien aquí. ¿Verdad? Lejos de los caminantes y de los caníbales— David hizo especial énfasis en mencionar la última palabra. –Es increíble que el mundo se haya convertido en lo que es ahora. Nunca sabes cuando el muerto va a salir de la tumba. ¿Verdad?
—¿Qué estás haciendo tu aquí? Se suponía que…— dijo uno de los hermanos dando un salto para ponerse de pie para apuntar a David.
—¿Qué se suponía? ¿Qué estaba muerto?
—Siéntate Gary— dijo el otro hermano. Entonces miró a David. —¿Cómo lograste escapar de allí? Esos tipos…
—Esos tipos son caníbales, pero también son personas. Razonan y pueden llegar a hacer tratos. Algunos hacen tratos y traicionan al mismo tiempo. Vosotros sabéis muy bien de lo que hablo. ¿Verdad?
—Dejaste a los otros para que te dejaran escapar a ti. Por eso estás aquí solo— dijo el que estaba más sereno de los dos. —¿Qué es lo que quieres? No me creo que hayas venido buscando venganza tu solo, por que estás solo. A los demás los estaríamos oliendo ya si estuviesen ahí.
—Tienes razón. Estoy solo— respondió David. –Los demás ciertamente están con los caníbales, pero no los he vendido ni traicionado. Y os equivocáis en una cosa— en ese momento con un rápido movimiento. David sacó una pistola de la mochila y descargó dos tiros a bocajarro sobre Gary. Una bala le dio en el corazón y la otra en un ojo. Luego disparó al otro hermano Spencer acertándole en la mano antes de que pudiera coger el arma.
El superviviente de los Spencer gritaba mientras se retorcía en el suelo de la misma manera que lo hace una lombriz. David se acercó con tranquilidad y le puso un pie sobre la mano herida.
—Déjame ir. Siento lo que ha pasado, pero no fui yo. Fue Gary el que os vendió. Tienes que creerme. No me mates. No lo hagas, no seas como Carlos. El es un monstruo. Tú eres diferente, en estos dos meses te he cogido aprecio. Eres un tío con el que se puede hablar y confiar. No tienes por que hacer esto.
—Yo no soy como Carlos. Tienes razón… Y esto no lo hago por el… Tampoco es que lo haga por vengar a todos. Pero desde que nos vendisteis se ha convertido en algo personal ¿Sabes? De nada me sirve que le eches las culpas a tu hermano muerto, el ya no está aquí para defenderse. Se convirtió en algo personal desde el momento en que en esa venta entraba mi familia. Tú los conoces. Cristian y Alicia. ¿Verdad? No me tendrías tanto aprecio cuando no te importó lo más mínimo dejarnos a merced de esos caníbales. No eres más que escoria. Esto no lo hago por Carlos, aunque haya sido el quien me ha mandado aquí para haceros pagar cara vuestra traición. Como ya te he dicho es algo personal— David dirigió la pistola a la cabeza del hermano Spencer y disparó tres veces sin vacilar.

01:25 de la madrugada…

David había calcinado los cuerpos. Salió de la mina y se dirigió de nuevo a Prescott. Contra todo pronostico no sentía remordimientos por lo que había hecho. ¿Por qué sentirlos? Solo había acabado con la vida de los tipos que los habían vendido, no tenía por que respetar esas vidas, ellos no respetaron las suyas.
Estaba llegando a Prescott cuando fue alumbrado por unas luces. Se dio la vuelta y vio los faros de un vehículo. Se quedó quieto hasta que vio un autobús parándose a su lado. Se quedó parado un momento y vio como alguien se bajaba de este. Enseguida vio que era Carlos. Tenía manchas de sangre en la cara.
—Ya está hecho. Los hemos sacado de allí, los caníbales no volverán a molestarnos.
David miró al autobús y vio los rostros de los que se habían quedado allí en un principio, entonces miró a Carlos. —¿Y las mujeres y niños que había allí?
—Fueron daños colaterales. Hay veces que no se puede salvar a todo el mundo. Tampoco uno se puede dejar cabos sueltos. ¿Y los hermanos Spencer?
David miró a Carlos. –Ya está hecho. Uno no puede dejarse cabos sueltos.