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sábado, 22 de octubre de 2016

NECROWORLD Capitulo 132

Día 24 de Octubre de 2010
Día 847 del Apocalipsis…
Las Vegas…

Carlos golpeó una vez más a Rachel delante de la impotente mirada de Silvia, Sheila y Katrina. Ya estaba harto. Lo había intentado por todos los medios, les había dado oportunidades y les había hecho promesas, pero no le habían hecho ni caso. Eso lo había sacado fuera de sus casillas y el mismo había decidido que ya tenía suficiente.
—Podríais haber evitado esto, pero vosotras mismas lo habéis provocado. Solo quiero saber donde está mi jodido hermano con mi jodida familia, es muy fácil contestarme a eso, pero me lo estáis queriendo poner difícil. ¿De que coño vais?— Carlos golpeó una vez más a Rachel y ella se quedó en el suelo sangrando. –Os lo estoy poniendo realmente fácil. Joder.
—No te diremos nada…— dijo Rachel desde el suelo y tratando de levantarse. Rápidamente Carlos se agachó y la agarró del pelo. Tiró hacia arriba y Rachel lanzó un quejido de dolor.
—Creo que no te he escuchado bien. Repítelo escoria…— Carlos tiró con más fuerza. –Que lo repitas maldita basura de las cloacas.
—Que no te vamos a decir nada. Por que cuando lo hagamos, nos matarás… Y luego irás a buscar a los demás y también los matarás. Eres un monstruo, un ser despreciable que no tiene corazón… Y mucho menos… Tienes palabra… Mientras no digamos nada, nos necesitas.
—Tienes razón— dijo en ese momento Carlos. –Tienes razón en que os necesito, pero no os necesito a todas vivas. Me basta con conservar a tres de vosotras. Sois cinco contando al chico que tenemos en la enfermería. Aquí ahora mismo me sobra por lo menos una— Carlos soltó a Rachel y se dirigió hacia Sheila, Katrina y Silvia. Comenzó a observarlas. Finalmente, detuvo su mirada sobre Sheila. –Tú— seguidamente Carlos se llevó la mano a la cintura y sacó un walkie talkie. –Entrad— No pasó mucho rato hasta que tres hombres entraron en la sala donde se encontraban. Enseguida, Carlos se dirigió a ellos y señaló a Silvia. –Coged a esa y marcharos de la ciudad. Coged un vehículo y que ella os guie hacia el lugar donde se ocultan los otros, cuando lleguéis, quiero que los vigiléis y hagáis un informe sobre el numero de personas que son y el armamento que tienen. Si en setenta y dos horas no habéis vuelto, daré por hecho que no os ha guiado. Entonces mataré a su novia. Soy generoso y me gusta dar oportunidades. Así que venga. Iros ya.
Los tres hombres agarraron a Sheila y la levantaron de la silla a la fuerza pese a que ella se resistió, intentó liberarse, pero no pudo. Antes de salir por la puerta, alcanzó a escuchar como Rachel le suplicaba que no los guiara.
Cuando Sheila ya no estaba en la sala, Carlos volvió a golpear a Rachel. –Si te quiere. Llevará a mis hombres a ese lugar. El amor es un arma de doble filo. Ahora, ir descansando. Nos veremos dentro de setenta y dos horas— en ese momento, Carlos sonrió. –Os propongo algo. Para que no se os haga tan aburrido… Podríais planear algo para escapar.
Pocos minutos después aparecieron varios hombres de Carlos. Las cogieron y las llevaron hasta una sala acristalada. Allí las dejaron.
*****
Silvia y Katrina estaban limpiándole la sangre a Rachel. Habían pasado quince minutos desde que Carlos las había dejado allí. La sala era bastante grande y estaba totalmente acristalada. Al otro lado, podían ver a los guardas, los cuales no les quitaban ojo de encima.
—Las cosas se nos están complicando ¿Eh?— dijo Katrina mirando a Rachel.
—Sheila no puede decirles nada. Si lo hace… Irán a matarlos y cuando no nos necesiten, nos matarán de todos modos. Vosotras no conocéis a ese cabrón de Carlos. Yo si.
—Todo es culpa mía. Si yo no me hubiese empeñado en venir a buscar a una niña que probablemente no esté ni aquí. Esto no habría pasado, seguiríamos en nuestro hogar y Cloe no estaría muerta— dijo Silvia ocultando la palabra hotel, ya que en la sala había una cámara.
—Deja de culparte— dijo Katrina mientras le limpiaba una herida de la cabeza a Rachel. Cuando vio que estaba ya sucia, miró a Silvia. –Acércame una de esas sabanas— Katrina señaló al otro lado de la sala. Silvia se dio la vuelta y vio una cama. Se puso en pie y caminó hacia ella. Justo cuando llegó, vio algo que no había visto antes cuando las llevaron. Junto a la cama, había una cuna con varias mantas de color rosa, eso hizo que se quedara petrificada. —¿Qué ocurre?— preguntó Katrina al ver que Silvia no regresaba.
—Ve a ver— dijo Rachel.
Katrina se levantó y se acercó a Silvia, entonces vio la cuna que estaba mirando su compañera. Entonces Katrina se dio la vuelta y miró a los guardas, se acercó al cristal y llamó la atención de uno de ellos. Cuando este se acercó, Katrina preguntó.
—¿Qué hace aquí esta cuna?
El guarda que era bastante joven respondió tímidamente. –No… No lo se. Creo que antes que vosotras había aquí una chica con un bebé. Una niña me parece.
—¿Y donde están?
—No lo se. Yo llevo muy poco tiempo como guarda. Empecé ayer y me han asignado esto. Yo no se nada. Lo siento.
Katrina se retiró del cristal y volvió junto a su compañera. –Puede que no fuese tu hija. Tranquila. ¿Vale?— aunque Katrina sospechaba que ciertamente, en esa cuna había estado hasta hacia poco la hija de Silvia. La pregunta era: ¿Quién era quien estaba allí con ella?
*****
Varios hombres de Carlos estaban preparándose junto a los vehículos uno era grande de color negro que iban a usar para desplazarse, se trataba de una furgoneta grande, muy parecida a las furgonetas que trasladan presos, solo una ventanilla pequeña comunicaba la parte delantera con la trasera, solo para dos ocupantes, el otro era un jeep militar de color verde. Cuando Carlos se acercó, miró a la parte trasera del vehículo y agazapada en la parte final, con la cabeza entre las rodillas, estaba Sheila sentada.
Carlos entonces se dirigió a sus hombres. Estos iban a ser cinco, todos de aspecto bastante fuerte. Ellos se estaban poniendo ropa especial para las incursiones que llevaban a cabo, eso los libraba de recibir mordiscos fatales.
—Os quiero de vuelta en setenta y dos horas como mucho si no encontráis nada. Pero si os lleva hasta allí. Quiero que os pongáis en contacto conmigo por radio. Quiero que hagáis un informe y regreséis ¿Queda claro?
—Si, señor— dijeron los hombres.
Carlos saludó a sus hombres y se iba a marchar, pero entonces se dio la vuelta. Caminó hacia el vehículo, abrió la puerta trasera, subió al vehículo, cerró la puerta y caminó para sentarse frente a ella. Cuando lo hizo, ella le miró.
—Quiero que sepas que esto no lo hago por que quiero, si no por que me habéis obligado a ello. Supongo que estás enamorada de esa chica… Lo cierto es que es bastante guapa. Si quieres volver a verla… Bueno, ya sabes lo que tienes que hacer. Lleva a mis hombres hasta donde están mi hermano y los otros, entonces te doy mi palabra de que os dejaré vivir. Por cierto, puedes estar tranquila, no dejaré que ninguna de las pollas de mis chicos la toque— seguidamente, Carlos se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente. –Que tengas buen viaje— Carlos salió del vehículo y miró a sus hombres, los cuales ya estaban preparados para partir. –Las órdenes son las siguientes. Iréis hasta Manhattan, y a partir de ahí que os guie.
—¿Y que hacemos con ella cuando nos diga donde están los otros? Es decir… ¿Qué hacemos cuando nos lleve al lugar?— preguntó uno de los enviados a la misión.
—No me importa demasiado lo que hagáis con ella, pero no quiero que le pase nada hasta que no os lleve al refugio de mi hermano y su gente. Al fin y al cabo solo necesito a tres de ellos y ya los tengo. Ahora partid.
Los mercenarios saludaron a Carlos y se subieron al vehículo. No tardaron mucho en abandonar la ciudad. Sheila observó desde la parte trasera como se iban alejando de Las Vegas, en ese momento, sintió que era la última vez que veía a Rachel, y eso le provocaba un gran pesar en su corazón, por que ni siquiera se había podido despedir de ella.

Día 25 de Octubre de 2010
Día 848 del Apocalipsis…
21:00 horas de la noche… En algún lugar de Georgia…

Los hombres de Carlos habían levantado el campamento en un bosque cerca de Atlanta. Era la primera vez que paraban desde que hacía casi treinta horas habían salido de Las Vegas. Desde su posición, podían ver la ciudad, o al menos lo que quedaba de ella. Sheila estaba aterrorizada. Aquellos hombres la intimidaban, y lo peor de todo es que no estaban demasiado lejos del hotel. De vez en cuando, aquellos hombres le habían ofrecido comida a cambio de que les dijera donde estaban, pero ella no había dicho nada, había aguantado, pero temía que alguno del grupo apareciese por allí o que ella, sin poder aguantar más, acabara confesando.
—Si jefe. Aun no ha dicho nada. Nos encontramos cerca de Atlanta. Mañana llegaremos a Manhattan… No… Sigue sin abrir la boca. Es más fuerte de lo que imaginaba, aunque sospecho que en cualquier momento podría derrumbarse— Sheila estaba escuchando hablar a uno de los hombres de Carlos. No tardó en verlo a través de la ventana de la puerta trasera –Si es necesario, podemos sacarle la verdad a golpes… No se, pero honestamente creo que no dirá nada por las buenas…— el tipo hizo una pausa mientras miraba a Sheila. –Está bien. Mañana a primera hora le vuelvo a llamar para informarle de nuevo y darle las novedades.
La noche fue avanzando y Sheila no quería dormir a pesar de tener sueño, dio algunas cabezadas, pero justo cuando iba a quedarse dormida, comenzó a escuchar disparos fuera. Se levantó de golpe y se acercó a la ventanilla, justo en ese momento, la cara de uno de los hombres chocó contra el cristal, seguidamente lanzó un grito y la sangre surgida de su cuello salpicó los cristales tras ser mordido por un caminante. Cuando desapareció, Sheila vio a varios caminantes en la zona. Sin saber como, habían invadido el campamento.
Sheila se fue al fondo del vehículo y se ocultó detrás de los asientos que allí había. Quiso dejar de escuchar los disparos y los gritos, pero no fue así, fuera se estaba desatando una masacre. Sin darse cuenta, se fue quedando dormida mientras lloraba de miedo.

Día 26 de Octubre de 2010
Día 849 del Apocalipsis…
9:00 horas de la mañana… Bosque cerca de Atlanta…

Sheila se despertó cuando los rayos de sol comenzaron a darle en la cara. Se sobresaltó cuando recordó lo que había pasado durante la noche. Miró hacia la ventanilla y allí vio todavía la sangre. Fuera solo escuchaba el trinar de los pájaros. Se armó de valor y se puso lentamente en pie, caminó evitando hacer ruido hasta la ventanilla y se asomó al exterior. Fuera únicamente vio a un caminante que estaba de espaldas al vehículo, no tardó en reconocer la ropa que llevaba. Se trataba de uno de los hombres de Carlos. Uno de los que había muerto y se había reanimado. Siguió observando al No Muerto hasta que este, quizás atraído por el ruido producido por algún animal del bosque, comenzó a caminar y se perdió entre los arboles. Probablemente todos los hombres de Carlos habían sufrido el mismo destino. Aunque eso a Sheila no le importaba, lo que de verdad le importaba era lo que era más complicado, lo que quería era salir de allí de alguna manera.
Sheila se miró las manos, las cuales llevaban esposadas desde que salió de Las Vegas. Miró a su alrededor intentando encontrar algo que le sirviera para quitárselas, pero no había nada. Si quería quitarse las esposas, iba a necesitar las llaves que alguno de los mercenarios muertos llevaba encima, algo bastante peligroso, por que eso significaba enfrentarse cuerpo a cuerpo a esos seres.
Para Sheila las horas pasaban lentamente en el interior de aquel vehículo, tanto que no sabía ya ni siquiera. Que día era, ni la hora. También tenía hambre, sed y frio. Se tumbó boca arriba con las manos esposadas sobre el pecho y respiró profundamente, necesitaba pensar en como salir de ahí y correr a través del bosque sin ser cazada por los No Muertos que pululaban por allí. Ya había considerado varias posibilidades, como la de lanzarse varias veces contra la puerta para abrirla, pero eso solo haría que los No Muertos que estaban alrededor y que a pesar de no ver, si podía escuchar, se lanzaran contra la puerta, así solo sería presa fácil para ellos y moriría sin poder salir de allí. Siguió dándole vueltas y entonces abrió los ojos de golpe, se puso rápidamente en pie y se dirigió a la ventanilla que comunicaba con la parte delantera y miró a través de ella, molestándose consigo misma por no haberlo pensado antes. Entonces encontró lo que buscaba, las llaves estaban puestas. Se volvió a molestar consigo misma, tendría que haber recordado que en ese nuevo mundo, eso era una regla universal cuando se salía al exterior, las llaves siempre debían estar puestas para salir de allí rápidamente si las cosas se ponían demasiado feas. Aunque a sus captores no les había servido de mucho, ya que todos estaban seguramente muertos.
Sheila miró un poco más antes de intentar lo que iba a hacer. Vio que la puerta del copiloto estaba abierta, probablemente, antes de morir, uno de sus captores había logrado llegar hasta allí. Al ver que no había nadie, metió los brazos a través de la ventanilla, tenía que alcanzar las llaves, quizás con suerte, en ese manojo también se encontraba la llave de las esposas, no solo la de las puertas. Intentó alcanzar varias veces las llaves, pero con los dos brazos era imposible. Malhumorada se retiró de la ventanilla y se sentó en el suelo, maldiciendo en voz baja.
Las horas fueron pasando mientras Sheila seguía pensando. De vez en cuando escuchaba a un No Muerto chocar contra la carrocería y ella se sobresaltaba, pero era solamente eso, uno de ellos que se chocaba, ella seguía allí sin ser descubierta. Intentó varias veces romper las esposas, incluso trató de sacar la mano, pero le fue imposible, no había manera. ¿Cómo iba a liberarse entonces? Fue en ese momento cuando algo le vino a la cabeza, una forma de sacar la mano. Sabía que iba a ser doloroso, pero era la única alternativa que le quedaba.
Buscó algo que morder, pero como allí dentro no encontraba nada, se quitó como pudo una de sus camisas y rasgó un trozo. Este lo enrolló y se lo metió en la boca. Luego, con su mano derecha agarró su mano izquierda y cerró los ojos, luego cogió un de sus dedos y se lo rompió por encima de los nudillos. El sonido al romperse fue muy leve, pero el dolor fue penetrante, tanto que casi se mareó. Las lágrimas recorrían sus mejillas, pero eso no la detuvo, tampoco el dolor. Cogió el segundo dedo y lo rompió igual que el anterior, y así lo hizo con los otros tres restantes, hasta que todos los dedos de su mano izquierda estuvieron rotos. Sheila descansó casi un minuto, pero enseguida, aun con la mano palpitándole de dolor, fue sacándola poco a poco, antes de que se le hinchara, aunque le costó, por fin la liberó. Sheila se apoyó contra el asiento y respiró tranquila. Ahora le quedaba alcanzar las llaves. Se puso en pie y nuevamente caminó hacia la ventanilla, metió la mano a través de ella y la fue llevando hasta las llaves, ahora las tenía más cerca, casi las tocaba, pero aun no era suficiente.
—Vamos…Venga— se dijo así misma.
En ese momento, se dio cuenta que un caminante estaba observándola desde el otro lado del cristal. Enseguida este comenzó a avanzar. Sheila podría haberse retirado, pero si lo hacía, todo lo que había hecho hasta ese momento habría sido en vano, por que el No Muerto ya la había visto y si retiraba ahora el brazo, ya no podría volver a intentarlo.
Sheila estiró más el brazo y rozó las llaves, mientras, el caminante llegaba al cristal y comenzaba a golpearlo tratando de alcanzarla, eso le estaba dando unos segundos preciosos, pero Sheila casi sufrió un paro cardiaco cuando el No Muerto descubrió que la puerta estaba abierta y que podría alcanzarla desde ahí.
Sheila estaba luchando contra el reloj, estiró un poco más el brazo y agarró las llaves pese al dolor de su hombro derecho. Rápidamente dio un tirón y sacó las llaves del contacto al mismo tiempo que el caminante irrumpía por la puerta del copiloto, faltaron solo unos segundos para que el caminante la agarrara.
Sheila ya había logrado lo más difícil. Había conseguido las llaves. Había tres en total, ya no le importaba la de las esposas, solo necesitaba una, la que le abriría la puerta y la que le permitiría escapar. Se acercó a la puerta y buscó el cerrojo que tenía que haber por dentro, el mismo cerrojo que usaban los guardas que iban allí con los presos. Metió la llave y la hizo girar, abriendo así la puerta.
La puerta se abrió de golpe y Sheila se lanzó hacia el exterior. Cayó al suelo sobre la mano lesionada y sintió un profundo dolor, aun así, aunque tambaleante, se puso en pie. Tenía que llegar por lo menos al jeep, pero cuando lo intentó, vio a varios caminantes, los cuales centraron en ella toda su atención. No tardaron en comenzar a avanzar hacia ella, Sheila no tuvo más remedio que retroceder y comenzar a correr por el bosque mientras se sujetaba la mano herida y las esposas aun sujetas a su mano derecha, oscilaban en el aire mientras corría.
Sheila llevaba horas caminando. Hacía rato que se había puesto nieve en la mano. Se paró junto a un vehículo abandonado. Allí se derrumbó. Lloró amargamente al recordar lo que había pasado y lo que estaría pasando en Las Vegas. Carlos podría estar tratando de contactar con sus hombres, pero estos estaban muertos. Quizás allí en Las Vegas. Carlos estaría tomando represalias con sus compañeras, quizás, incluso, mediante torturas, ya les habría sacado la verdad, quizás, Carlos ya sabía donde estaba su hermano.
Sheila dejó de llorar y siguió caminando, no tenía intención de detenerse ni para comer ni para beber. Debía llegar al hotel y avisar de lo que estaba ocurriendo. Al menos, podría detener eso. Incluso, podría reunir un grupo para ir a Las Vegas y si Carlos había matado a alguien, hacérselo pagar, lo haría ella misma si hacía falta. Ella misma le quitaría la vida a Carlos si el hubiese osado hacer daño a Rachel o a cualquiera de las otras.
Llegó al porche de una casa, allí se sentó, estaba cansada y necesitaba descansar aunque fueran solo diez minutos. Miró al cielo y se dio cuenta que estaba oscureciendo. ¿Cuántas horas habrían pasado desde que abandonó el campamento? Pensó que le quedaban más horas de sol, pero no era así. Tampoco era muy sensato seguir de noche. Se levantó del primer escalón donde se había sentado y se dirigió hacia el interior de la casa. Entró con cuidado sin hacer ruido, si había caminantes dentro, no quería que todos acudieran a su encuentro. Una vez dentro, cerró la puerta despacio y se quedó quieta escuchando, aunque en primer lugar no había sentido el hedor de la muerte, una prueba irrefutable de la presencia de cuerpos en descomposición. Caminó un poco por la entrada y decidió silbar levemente, por lo menos, eso haría reaccionar a los caminantes que pudiera haber, pero ni así recibió respuesta.
Sheila fue hasta la cocina, nada más llegar se dio cuenta de que todos los armarios y cajones estaban abiertos. Alguien habría pasado por allí y habría saqueado el lugar, lo único que encontró, fue un cuchillo dentro de uno de los cajones, aunque no estaba demasiado afilado, aun así lo cogió con su mano sana, por lo menos ya llevaba un arma con la que defenderse. Siguió buscando por toda la casa, la cual habían saqueado a conciencia, únicamente habían dejado todo aquello que no les servía para nada.
La planta baja de la casa estaba despejada y todas las puertas y ventanas cerradas. Volvió a la entrada y comenzó a subir los escalones. Tenía el cuchillo en alto, por si repentinamente era atacada, con un rápido movimiento, clavaria este en la cabeza del caminante, solo esperaba que este no se rompiese. Una vez en el piso de arriba inspeccionó todo, pasó por el baño sin ver nada. Siguió caminando por un pasillo, pasó por dos habitaciones de niños vacías y justo cuando llegó a la última puerta, al tocarla, escuchó un ruido al otro lado. Era un sonido parecido al de algo de plástico. Con cuidado abrió la puerta y entonces sintió el nauseabundo olor. Aun así no se tapó la nariz, entró en la habitación y vio una cama de matrimonio desecha y sucia. La ventana estaba abierta, y junto a esta había un parquecito para bebés, en el centro de este, había una silueta que luchaba por salir de el. Sheila miró a su alrededor, pero no vio a nadie más. Avanzó hacia el parquecito y entonces se encontró con un caminante que en su día había sido un niño o una niña, de dos o tres años. Era imposible saber su sexo por que estaba despellejado por completo. Quizás por obra de alimañas que habían entrado por la ventana. Sheila se apiadó de aquella pobre criatura y clavó el cuchillo en su cabeza. Después cubrió el cuerpo con una de las sabanas de la cama y salió de la habitación de matrimonio. La casa estaba despejada y era allí donde iba a pasar la noche. Recordó que esa casa debía tener sótano, pero no iba a bajar a inspeccionarlo.
Regresó al cuarto de baño y allí buscó en los armarios, necesitaba practicar una cura en su mano. Allí con pequeños trozos de madera y hilos, se entablilló los dedos.
Estaba muerta de hambre y sed, sus tripas rugían como un león enjaulado. Cuando sintió que se dormía, cerró la puerta del baño, se metió acurrucada dentro de la bañera con unas mantas que había sacado de una de las habitaciones y allí se quedó dormida.

Día 27 de Octubre de 2010
Día 850 del Apocalipsis…

Sheila se despertó sin saber que hora era, aunque el sol ya estaba alto en el cielo. Podría ser que fueran las doce del medio día, quizás la una o las dos. Aunque le dio igual. Salió de la bañera. Se cubrió con la manta con la que se había tapado, se la puso a modo de capa con capucha. Regresó a la habitación donde había acabado con aquel pequeño No Muerto, descubrió el cuerpo y comenzó a untarse la sangre y las entrañas de aquella pequeña criatura. Cuando terminó, salió de la casa y continuó su camino. No podía estar muy lejos del hotel, recordaba vagamente aquellos caminos.
Pasaron varias horas hasta que llegó al camino que llevaba hacia el hotel. Incluso vio un cartel que señalaba el hotel, el cual estaba a dos kilómetros. Siguió ese camino cruzándose con No Muertos que ni siquiera reparaban en ella.
Finalmente, cuando estaba a punto de desmayarse, logró divisar la fachada del hotel. Se sintió aliviada, lo había logrado. De repente vio dos siluetas borrosas corriendo hacia ella, aunque no sabía si eran reales o producto de su imaginación debido a la sed y el hambre. Cuando estaban delante, pudo ver que eran Juanma y Stephanie. Quiso decirles algo, pero entonces se desmayó.

Día 27 de Octubre de 2010
Día 850 del Apocalipsis…
18:50 de la tarde… Las Vegas…

Carlos trataba de contactar con sus hombres, los cuales se habían llevado a Sheila, pero estos no respondían y eso solo significaba una cosa. Dejó la radio y fue hacia la enfermería. Allí agarró a Dylan, lo sentó en una silla de ruedas pese a que este se resistió. Fue a la sala donde retenían a las demás. Estas pudieron comprobar que este estaba fuera de si.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?— preguntó Katrina al ver lo que estaba sucediendo.
En ese momento Carlos sacó la pistola y se la puso en la cabeza a Dylan. –Os lo voy a preguntar una vez más y no habrá más oportunidades. ¿Dónde está mi puto hermano?
—¿Qué ocurre? ¿Y Sheila?— preguntó Rachel. Aunque la única respuesta que recibió, fue un disparo que acabó con la vida de Dylan.
Carlos le dio una patada al cuerpo de Dylan y entonces señaló a Rachel. –Esa de ahí— Dos hombres entraron en la sala, agarraron a Rachel y la sacaron. La obligaron a arrodillarse delante de Carlos, este entonces le puso la pistola en la cabeza. —¿Dónde están mi hermano y los otros? Decidlo o la mato ahora mismo. Solo os quedan diez segundos. Y cuando la mate, te tocará el turno a ti— Carlos señaló a Silvia —Diez… Nueve…— Silvia y Katrina se miraron aterrorizadas. Carlos hablaba en serio. –Ocho… Siete…— Rachel cerró los ojos esperando su inevitable final mientras únicamente pensaba en Sheila.
—Están en un hotel cerca de Macon— dijo de repente Katrina.
Carlos paró de contar y empujó a Rachel contra el suelo. –Muy bien. Meted a esta ahí dentro y sacad a la otra. Sacad a mi hermana— los hombres de Carlos obedecieron la orden y sacaron a Katrina, la cual, cuando tuvo a Carlos delante, pudo ver la maliciosa sonrisa.