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sábado, 10 de diciembre de 2016

NECROWORLD Capitulo 139

Día 5 de Noviembre de 2010
Día 860 del Apocalipsis…
09:00 horas de la mañana…

Juan había formado un equipo con Levine, Yuriko, Alexandra y Stacy. Iban a peinar toda  la zona con la misión de averiguar si Carlos y su grupo estaban por la zona. La idea había salido de Juan, quería asegurarse y en caso de encontrarlos, observar sin interferir.
—¿Estás seguro?— pregunté. –Aun puedes pensártelo mejor. No es necesario salir. Basta con vigilar día y noche en las torretas y estar siempre alerta.
—Si. Es necesario. No te preocupes tanto. Tú quédate aquí o ve a ver a Eva y tus hijos. Yo se cuidarme, y cuidaré de ellos. Estaremos de vuelta antes del anochecer. Y ya sabes lo que digo siempre. A ver, dilo.
—Los dioses están de nuestra parte— respondí.
—Así se habla— dijo Juan dándome una palmada en el hombro y se dio la vuelta para mirar  a sus acompañantes. –Muy bien. En marcha.
Juan y su grupo salieron por la puerta principal y cerré. Johana estaba a mi lado y me miró. –Estarán bien. No te preocupes. Juan cuidará te todos ellos.
—¿Tú no estás preocupada?— pregunté.
—No soy de piedra y claro que estoy preocupada, pero también confió en Juan y sé que no dejará que les ocurra nada… Y por supuesto, Juan sabe cuidar muy bien de sí mismo. Venga, vamos a dentro.  Tenemos gente a la que seguir instruyendo. Luego si quieres te acompañaré hasta la mansión.
Fui con Johana al interior y bajamos a la sala de tiro. En los últimos días habían mejorado mucho y me sentía orgulloso de todos. Estuvimos un rato allí y poco después, Johana y yo cogimos un coche para ir  a la mansión.  Cuando llegamos, nos encontramos con David y Mike, los cuales habían  pasado allí la noche.
—¿Cómo están todos?— pregunté bajándome del coche.
—Están bien.  Aunque los niños están algo inquietos. Nina los entretiene contándoles historias de miedo, pero algunos no dejan de dar la brasa con lo de que quieren volver al hotel— respondió David.
—¿Y Alicia?— pregunté.
—Está bien. Asustada, pero bien. Aun se lamenta por haberse ido  con Carlos aquel día. Quiere disculparse y no sabe cómo.
—No tiene nada de que disculparse. Estáis aquí otra vez y eso es lo que importa.
Entramos en la casa y enseguida me reuní con Eva y Vicky. Por mi cara, enseguida supieron que no había novedades  con respecto a Carlos, seguíamos sin saber nada de su paradero, pero aunque se lo oculté, algo me decía que estaba cerca.

Macon…

Carlos estaba en la tienda de lona esperando, entonces la cortina se corrió y apareció uno de sus hombres llevando a Katrina. Al verlos, Carlos le hizo una seña a aquel tipo y se largó dejándolos a solas.
—¿Qué quieres  de mí?— preguntó Katrina con tono agresivo.
—Solo quería hablar contigo. De hermano a hermana— respondió este poniéndose de pie y acercándose a ella.
—No tengo nada que hablar contigo— respondió Katrina.
—¿Estás segura de ello? Porque yo creo… Es más, juraría que te interesa lo que tengo que decirte. Quiero hablarte, de ti y de tu hija. De mi sobrina. Esta noche iremos al hotel, y pase lo que pase. Ella y tú vendréis conmigo a Las Vegas para vivir allí, estaréis bajo mi protección.
—Primero me tienes de rehén, luego me obligas a desnudarme delante de un montón de idiotas en una cena, luego me llevas a tu habitación y me violas… ¿Ahora me vienes con estas? Eres un jodido loco, ni muerta iría a Las Vegas con mi hija, y menos a vivir con alguien como tú. Por mi puedes pudrirte.
—Siento lo que pasó esa noche. Pero hay veces que me siento solo, pero una vez tenga a Eva conmigo. Eso no volverá a  pasar, tu hija y tú seréis intocables. Nadie os pondrá la mano encima— explicó Carlos.
—Juanma no permitirá eso.
—Juanma no dirá nada porque ya estará muerto— respondió Carlos.
—Pretendes matarlo  pase lo que pase ¿Verdad? Entonces. ¿De que servirá esta pantomima? Lo único que quieres es destruir.  Eres un maldito loco.
—Juanma no puede seguir vivo, porque mientras siga vivo es una amenaza. ¿No te das cuenta?
—De lo único que me doy cuenta es que la escoria como tú, es la que debería estar muerta— replicó Katrina. –Provocarás una guerra cedan o no. Así es como funcionas. Eres alguien destructivo y toxico, pero las personas como tú no duran mucho. Tarde o temprano, todos mueren.
—Tienes varias horas por delante, hasta las ocho de la tarde, a esas horas volverás a venir aquí. Quiero que durante ese tiempo decidas que quieres hacer, que me digas el bando en el que quieres estar. Si sigues del lado de Juanma, morirás con todos los demás.
—Que te follen— respondió Katrina.
Carlos sonrió. –Es posible. Puede que según tu respuesta, alguien me folle hoy. O yo  a ella.
La cortina de la tienda de lona se volvió a correr y aparecieron dos hombres para llevarse a Katrina. Le pusieron unas esposas y salieron, la llevaron al camión y la metieron dentro de un empujón, después cerraron la puerta. Enseguida fue Rachel a comprobar su estado.
—¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?
—No. Estoy bien. Tan solo quería hablar— Katrina caminó hasta el fondo y se sentó. Allí siguió hablando.—Es lo que ya sospechábamos. Carlos atacará pase lo que pase, pero a mi quería ofrecerme unirme a él. Ofreciéndome vivir en Las Vegas con mi hija.
—Por lo menos a ti no quiere matarte por que sí. A ti al menos te da opciones. Rachel y yo lo tenemos peor— dijo Silvia. –A nosotras nos matará pase lo que pase.
—Nos matará a todos. Está loco— respondió Katrina.
—Yo lo conocía cuando estábamos en Manhattan. No es que tuviéramos mucho trato y no era así. Supongo que era algo que llevaba dentro y que explotó cuando un día apareció Juanma. El monstruo que había dormido  dentro de él se despertó, y ha ido creciendo hasta a día de hoy. Por nuestro bien, por el bien de muchos. Carlos debe morir.
Katrina se quedó pensando y entonces miró a sus compañeras. Entonces comenzó a hablar en voz baja –Yo me ocuparé de ello. Yo lo mataré. A las ocho de la tarde quiere verme para saber si me uno a él o no. Será cuando aproveche para matarle.
—Eso es muy arriesgado. Tanto si fallas como si lo logras, morirás— respondió Silvia.
Katrina suspiró. –Eso ya lo sé, pero con Carlos muerto, esto acabará. Si el muere, los otros no tendrán motivos para quedarse ni seguir con el plan. Se largarán.
—Muerto el perro se acabó la rabia ¿Verdad?— preguntó Rachel.
Katrina asintió. –Así es… Y esas cosas,  necesitan sacrificios.
—¿Sabes que estás quemando la casa contigo dentro?— preguntó Rachel.
—Sí, pero esto solo puedo hacerlo yo— respondió Katrina.—Solo quiero pediros un favor. Que algún día le contéis a mi hija por qué hice esto y que la quise hasta el final. Es lo único que os pido.
—Cuenta con ello— respondió Rachel. –Lo único que tenemos que hacer ahora, es que por lo menos, sobreviva una.

Bosque…
11:00 horas de la mañana…

Juan caminaba a la cabeza del grupo. Tenía el fusil colgado del hombro y ordenaba el alto cada vez que escuchaba un ruido. Enseguida, todos tomaban posiciones. Aunque al final resultaba ser algún animal del bosque o un caminante solitario al que Levine se acercaba y eliminaba con rapidez. Llegaron al almacén donde habían pasado un tiempo después de que los desterraran, allí Levine vio las tumbas.
—Son Brandon y Blair. Los perdimos.  Ahí hay más de los nuestros— dijo Juan señalando unas tumbas. –Eran buena gente y echaré de menos a los que más conocía. Si ahora volvemos a proteger nuestro hogar, demostraremos que no murieron para nada.
—Ellos no murieron. La situación en la que estábamos era como si los hubieran matado— respondió Yuriko.
—De hecho los mataron— respondió Stacy.
En ese momento escucharon un ruido y Juan levantó el brazo. Todos rápidamente corrieron a esconderse. Lo hicieron dentro de un vagón de tren medio quemado. Allí dentro esperaron hasta que vieron aparecer a varios hombres, seis en total. A la cabeza de ellos iba Butch al que enseguida, Juan reconoció.
—¿Qué hacemos?— preguntó Alexandra.
—No hacer nada. Solo observar— respondió Juan.
*****
—Opino que esto que estamos haciendo es una estupidez— decía uno de los hombres. Era un chaval joven de unos dieciocho años. –Si ya sabemos dónde están. ¿Para qué coño nos manda Carlos a vigilarles?
—Carlos quiere que les observemos e informemos. Solo eso— respondió Butch. –Simplemente quiere saber de qué disponen. No es que esté de acuerdo, pero si él lo manda, toca obedecer.
—Está como una cabra. Ojala se lo carguen cuando lleguemos. Es que no puedo creerme el motivo por el que hacemos esto. Todo por una tía y unos jodidos bebés— dijo otro hombre.
—¡¡Eh!! Mirad eso. ¿Son tumbas?— preguntó Daniel corriendo hacia los montículos de tierra, cuando llegó se dio la vuelta para mirar a sus compañeros. –Si. Son tumbas… Y parecen recientes.
—Ni caso— dijo Butch mientras caminaba hacia un vagón de tren calcinado. Allí se apoyó y desplegó un mapa. –Según este mapa, estamos a seis kilómetros del hotel. Ya nos queda poco. Este es el almacén ferroviario que aparece en el mapa.
—¿Y si paramos a descansar? Estoy hasta la polla de andar. No hacemos otra puta cosa. Siempre andar, andar y matar caminantes para seguir andando. Echo de menos esas tardes en mi casa viendo algún partido o tirándome a alguna tía a la que había conocido el día anterior. Estaba en el instituto cuando comenzó esta mierda. Lo único positivo que saqué, fue ver a mi profesor de historia convertido en uno de esos seres— contó el chico más joven.
—Supongo que para ti eso sería lo más— respondió Daniel. –Yo ya no recuerdo ni donde estaba. Creo que estaba en el baño de algún antro dormido junto al váter. Me habría colocado con alguna mierda.
—He, mirad esto— dijo en ese momento uno de los hombres.
Todos miraron a donde señalaba. Estaba señalando al suelo, allí había huellas que parecían recientes. Butch también las vio y alzó la cabeza mirando a su alrededor.
—Estas son recientes. Por la forma no son de caminante. No se tambaleaban, andaban en línea recta.
—¿Qué significa eso?— preguntó el chico más joven.
—Significa que pertenecen a personas vivas. Personas que han pasado por aquí hace poco— Butch se alejó del vagón y levantó el arma. –Personas que todavía pueden estar por aquí.
*****
Juan escuchaba la conversación de Butch y los otros desde dentro del vagón. Su corazón latía a mil por hora. Si se les ocurría mirar dentro del vagón, les descubrirían y no habría más remedio que enfrentarse a ellos, algo que quería evitar a toda costa. Un enfrentamiento, solo haría que la guerra estallase sin remedio, no quedaría lugar para llegar a una especie de pacto. Un enfrentamiento solo aceleraría los acontecimientos, pero si los descubrían, no les quedaría otro remedio. Rápidamente le hizo una seña a Stacy y con cuidado le quitaron el seguro a las armas. Con cuidado se movieron por el interior y esperaron, pero no ocurrió nada. Solo escucharon hablar a Butch.
—Volvamos a nuestro campamento.
—¿Por qué?— preguntó otro hombre.
—Que les follen a todos. Cuando lleguemos, les diremos que nos atacaron caminantes. Disparad la mayoría de la munición. Tiene que ser creíble.
En ese momento comenzaron a escuchar disparos, Yuriko incluso se tapó los oídos. Los disparos se prolongaron durante un minuto y medio. Cuando dejaron de escucharse, solo oyeron pasos alejándose. Con mucho cuidado, Juan se acercó a un agujero y los observó. Eran seis y se largaban. Entonces miró a los otros.
—Ahora con cuidado los seguiremos. Con suerte, esos gilipollas nos llevarán a su campamento.

Hotel…
12:00 horas del mediodía…

Stephanie se encontraba cerca de la entrada vigilando. Le tocaba a ella estar ahí. Siempre se mantenía detrás de las barricadas que habían fabricado, las cuales eran muros de hormigón de casi un metro cincuenta de alto. Desde allí, era imposible que nadie de fuera pudiera disparar a nadie de dentro.
—¿Cómo va?— preguntó en ese momento Tamara. Ella y su hermana llegaron andando con los fusiles preparados. —¿Te acompañamos?
—Si, por favor. Estar aquí sola es un aburrimiento— respondió Stephanie.
Las tres comenzaron a caminar junto al muro sin apartar su vista de las vallas, aunque al otro lado no se veía a nadie. Aunque si hubiese alguien, a la vista no iba a estar. Miraron a una de las torretas y allí vieron a Laura.
—¿Crees que vendrán?—preguntó Arianne mirando a Stephanie.
—Ojala que no. No quiero una guerra. Es absurdo… Pero parece que ese tal Carlos no opina lo mismo. No sé ni quien es… ¿Vosotras lo conocisteis?
—Ya no estaba con ellos cuando nos encontraron con nuestro padre, pero tengo entendido que es un jodido loco. Un hermano de Juanma que se la tiene jurada. Aquí hay muchas cosas que no nos han contado. Sin comerlo ni beberlo nos han metido en una estúpida guerra— dijo Tamara. –Y no estamos preparadas para esto.
Llegaron hasta la torreta donde estaba Laura y subieron, esta las recibió con una sonrisa. –Sin novedad en el frente. ¿Vosotras?
—Nada. Parece que estás muy tranquila. Cosa que con la que se nos viene encima, me sorprende. ¿No estás ni un poquito asustada?— preguntó Stephanie.
—Claro que lo estoy. Es algo normal, pero no voy a estar temblando en un rincón. Escuchad, me releváis un momento. Tengo que ir al baño— respondió Laura.
—Si. Sin problemas— respondió Tamara.
Laura le pasó los primaticos  y bajó corriendo de la torreta, después se alejó por la plaza hacia el interior del edificio. En la torreta se quedaron las tres solas y Tamara comenzó a mirar a través de los prismáticos. Recorrió toda la valla y entonces se detuvo.
—¿Qué ocurre?— preguntó Arianne.
—Hay algo en esa valla— respondió Tamara señalando. –Parece un pañuelo, pero no recuerdo haberlo visto antes. ¿Podéis acercaros a ver qué es?
Arianne y Stephanie asintieron y bajaron de la torreta. Siguieron la valla tal como les había indicado Stephanie y llegaron a un barrote donde había atado un pañuelo de color rojo. Stephanie lo desató y lo miró, parecía un pañuelo normal, en el centro había un dibujo extraño. Se trataba de un cuervo negro con las alas abiertas sobre dos tibias cruzadas.
—¿Qué crees  que significa  esto? Creo que anoche no estaba.— dijo Arianne.
—No lo sé, pero el dibujo es bastante siniestro. Informaremos a Juanma cuando vuelva. Puede que  él sepa que significa, perote juro que esto no me gusta nada.

Mansión Crawford…
Gray… 12:45 horas del mediodía…

Me encontraba tumbado en la cama junto a Eva. Ambos estábamos desnudos bajo las sabanas. Ella dormía, pero yo estaba despierto mirando al techo. No podía dejar de pensar en lo que se nos venía encima, estaba completamente obsesionado con ello. Con mucho cuidado de no despertarla, me fui levantando de la cama y comencé a vestirme. Era hora de regresar al hotel. Primero me puse los calzoncillos y después los pantalones, justo cuando me estaba poniendo la camiseta, la descubrí mirándome.
—¿Ibas a irte sin decir nada? ¿Sabes a que me recuerda esta situación? A esos tipos que se largan después de echar el polvo y no tienen la decencia ni de dejar un número de teléfono. No vaya a ser que le llamen nueve meses después con la alegre noticia de que ha sido padre.
—No quería despertarte. Te vi durmiendo tan tranquila que…
—¿Ya te vas?— preguntó Eva.
—Tengo que irme. Debo volver al hotel. Mañana a primera hora de la mañana estaré aquí otra  vez— respondí.
—Eso será si es que hay un mañana para nosotros.
—Lo habrá— respondí.
—No si no me entregas— respondió Eva. En ese momento sentí que íbamos a volver a tener la misma discusión que hacía horas y días, la misma discusión donde ella quería evitar la guerra marchándose con Carlos.
—Otra vez no Eva, por favor— respondí. –No voy a entregarte a Carlos.
—Igual solo así nos deja en paz.
—Él no nos dejará en paz nunca. Te deje ir con  él o no— entonces miré a Eva. –O es que lo dices porque realmente lo que quieres es irte con él.
—¿A qué viene eso? ¿Insinúas que yo quiero irme con él? Solo lo digo para salvaros la vida.
—Lo siento. Olvídalo— respondí. –Nos veremos mañana.
Salí de la habitación dejando a Eva allí sola en la habitación. Bajé al salón y allí me encontré con David y Mike, estaban hablando. Iba a regresar con ellos al hotel. Cuando me vieron llegar dejaron de hablar y David se acercó a mí con algo en la mano.
—Mira esto— David me dio un pañuelo de color rojo.
Cogí el pañuelo y me lo quedé mirando. Era rojo y estaba bastante limpio. En el  centro había un dibujo. Era un cuervo de color negro con las alas abiertas, detrás había dos tibias cruzadas.
—¿Qué es esto? ¿De dónde lo habéis sacado?— pregunté.
—Estaba atado a las vallas de la entrada. Lo curioso es que  ayer no estaba. Ha aparecido esta mañana. ¿Crees que podría haber sido Carlos?— preguntó David.
—No lo creo— respondí. –Si esto fuera obra de Carlos ya lo sabríamos. Podrían haber sido los niños jugando. De todos modos avisad a los que se quedan y que tengan los ojos abiertos.
Poco después, Mike, David y yo salimos de la casa y nos dirigimos a uno de los coches. Antes de subir, miré a la ventana de  la habitación  donde había estado durmiendo con Eva. Allí estaba ella, observándome. Entendía lo que quería hacer, pero eso no nos garantizaba nada, y yo solo había cometido el error de decirle algo que ni siquiera pensaba. Seguidamente nos subimos al vehículo  y nos fuimos en dirección al hotel.
*****
Eva se quedó mirando como el vehículo en el que iba Juanma se alejaba. Él tenía razón. Aunque ella fuera entregada, eso no garantizaba que Carlos los dejara en paz. De hecho, era casi seguro que tras ser entregada, él ordenaba un ataque. Tan solo le quedaba una opción. Todo aquello era por ella, todo lo que se avecinaba tenía que ver con  ella y eso la llevaba a una conclusión. Salió rápidamente de la habitación, fue al salón y allí encontró a Nina y a Vicky con los demás niños y los bebés. Estaban ocupadas y no les dijo nada, sus hijos estaban en buenas manos. Fue a otra habitación, allí era donde guardaban algunas armas. Intentó abrir, pero estaba cerrado con llave.
—¿Qué haces?— peguntó en ese momento Paula. Eva la miró.
—Necesito armas— respondió Eva sin vacilar. —¿Tienes la llave?
—Si. La tengo yo, pero…
—Dámela. Necesito un arma. ¡¡¡Ahora!!! No me obligues a quitártela.
Paula se quedó unos segundos pensativa y se llevó la mano al bolsillo, seguidamente le entregó la llave a Eva. Esta rápidamente abrió la puerta y entró. Se acercó a una mesa donde había varios fusiles y munición. Allí escogió uno y luego comenzó a coger cargadores.
—No sé qué estás planeando, pero espero que sepas lo que haces— dijo Paula.
—Todo lo que se nos viene encima es por mí. Eso me convierte en responsable. Así que me da igual que Juanma no quiera, voy a tomar parte. Estoy harta de estar escondida— Eva cargó el fusil y miró a Paula. —¿A cuánto queda el hotel de aquí?
—Unos veinte minutos en vehículo— respondió Paula.
—¿Y a pie?— preguntó Eva mientras cogía una mochila y la llenaba de cargadores.
—Unas cuatro horas. Puede que un poco más— respondió Paula.
—Suficiente— Eva salió de la habitación con Paula detrás.
—Te ruego por favor que te quedes aquí.
—Cuida de todos los que están aquí—respondió Eva saliendo de la mansión. Corrió  hacia las vallas y las saltó. Poco después se perdió entre la espesura del bosque.

Macon…
Campamento de Carlos…
15:55 horas de la tarde…

Juan y su grupo llevaban más de una hora observando el campamento de Carlos desde una distancia prudencial. Estaban agazapados en una pequeña colina observándolos. Habían seguido a Butch y a los suyos sin que estos se dieran cuenta.
No podían escuchar lo que decían, pero veían el movimiento. Algunos preparaban la comida, uno de ellos cargado con tres platos entró en la parte trasera de un camión y segundos después salió sin nada.
—¿Creéis que es ahí donde tienen a las chicas?— preguntó Yuriko.
—No me cabe la menor duda— respondió Juan. –Lo que  no se es dónde puede estar ese cabrón de Carlos.
—Escuchad. Quizás deberíamos volver ya. Estamos a diez kilómetros del hotel— dijo Levine. –Hay que informar a Juanma.
—Muy bien. Vamos— respondió Juan.
Todo el grupo comenzó a moverse. Tardarían cerca de una hora en regresar, debían apresurarse.

Hotel…
17:00 horas…

Estaba a solas en la sala de tiro. Activé el mecanismo que hacía moverse los blancos móviles. Comencé a practicar tiro, todos mis disparos estaban siendo certeros en las cabezas. Justo en ese momento, la puerta de la sala se abrió y Juan entró seguido de Yuriko.
—¿Cuándo habéis vuelto?— pregunté al verlos.
—Acabamos de llegar ahora. Encontramos el campamento de Carlos, pero ni lo vimos a él ni a las chicas. Están a diez kilómetros de nosotros— respondió Juan. –Se movían mucho. Estaban preparándose, probablemente se estén preparando para venir.
—Está bien. Que todos vayan a sus puestos y se queden allí hasta nuevo aviso— dije.
—Yo me ocupo— dijo Yuriko saliendo de la sala.
Juan y yo nos quedamos a solas y entonces me miró. –Sé que quizás no  debería decirte esto. No sé a qué hora será, ni el día, pero todo esto está a punto de estallar. Lo presiento.
—Yo también— respondí.
—Lo que quiero decir es que espero que tomes la decisión adecuada y hagas lo que tengas que hacer— dijo Juan. –Se lo duro que es, pero ahora tienes una familia en la que pensar, algo que él quiere arrebatarte.
—También lo sé. De hecho, ya la he tomado, si el no cede, tendré que matarle. Esto solo acabará cuando caiga uno de los dos. Es lo que he estado pensando mientras practicaba.  Estoy dispuesto a matar a mi hermano si es necesario.

Macon…
Campamento… 20:00 horas de la tarde…

Katrina fue llevada de nuevo a la tienda de lona donde estaba Carlos. El tiempo había pasado y era hora de que ella tomara una decisión. Cuando Carlos la vio entrar, la recibió con una sonrisa.
—¿Ya tomaste una decisión?— preguntó Carlos acercándose a ella.
—Si. He tomado una decisión— respondió Katrina. –Por mi hija haré lo que sea y no quiero que se vea metida en esto. Para que ella sobreviva, debe estar en el bando ganador. Y ese bando no es otro que el tuyo. Me iré contigo.
—Créeme que has tomado la mejor decisión posible— Carlos se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave, con la cual le quitó las esposas. –Vendrás con nosotros y entrarás a por tu hija. Tendrá que ser rápido— Cuando Katrina se quedó libre se quedó mirando a Carlos y entonces se acercó a él  para besarle. Carlos retrocedió extrañado. —¿Qué haces? Solo quiero repetir lo de la otra noche, me gustó.
Carlos se acercó y comenzó a besarla mientras le iba desabrochando los botones de la camisa.
—Está bien. A nadie le amarga un dulce.
—Solo te pido una cosa. No vuelvas a correrte dentro de mí. Solo te pido eso.
—No te preocupes—  respondió Carlos retirándose un poco, aunque Katrina se acercó otra vez con la camisa colgando de uno de sus brazos. Ella comenzó a besarle de nuevo, se retiró y le sonrió, entonces con un rápido movimiento alzó los brazos y puso la camisa alrededor del cuello de Carlos. Ella se puso detrás y comenzó a apretar mientras Carlos trataba de librarse de ella. Entonces ambos cayeron al suelo.
A Carlos se le estaba nublando la vista, le iba faltando el aire y Katrina era más fuerte de lo que pensaba.  De repente dos hombres entraron en la tienda y le quitaron a Katrina de encima.
—No te muevas— dijo uno de ellos apuntando a Katrina con la pistola. Este se dio la vuelta para mirar a Carlos. —¿La mato?
—No— respondió Carlos levantándose del suelo. –Llevadla al camión. Es hora de ponernos en marcha. Quiero que vea como mueren todos, incluida su puta hija. Adelante, llegó la hora de visitar a mi hermano.

Hotel…
20:56 horas…

—Quiero a todo el mundo en sus puestos. Carlos y los suyos podrían llegar en cualquier momento— iba diciendo mientras iba caminando por uno de los pasillos del hotel.
—Juanma. Tengo  algo que quiero enseñarte— dijo Stephanie mientras corría hacia mí por el pasillo. Parecía que llevaba algo en las manos.
—Ahora no tengo tiempo. Vete a tu puesto. Es en una de las ventanas de la planta tres. Corre— le ordené. Stephanie puso una mueca de fastidio y se alejó dando zancadas mientras yo seguía caminando. Bajé al hall principal y entonces vio algo que me puso de los nervios. Eva estaba allí hablando con David. Yo me acerqué a ellos. —¿Qué cojones estás haciendo tu aquí?
—Todo esto es por mí. Quiero ayudar. No pienso irme de aquí te pongas como te pongas. No he recorrido el bosque para que me mandes de vuelta a esa mansión— replicó Eva.
Iba a responderle cuando escuché un nuevo grito. Era el grito de Faith. —¡¡¡¡Están aquí!!!! ¡¡¡¡Ya han venido!!!!
Rápidamente, David, Eva y yo nos acercamos a la entrada y miramos hacia las vallas. Al otro lado de la puerta había varios vehículos y delante de todos ellos estaba mi hermano. Esperándome.
—Ya están aquí. ¿Qué hacemos ahora?—preguntó David.
—Tu sigue movilizando a la gente— entonces miré a Eva. –Tú busca un lugar seguro y no salgas para nada. ¿Te queda claro? Venga.
Eva me miró, se lanzó hacia mí y me besó. Después se fue corriendo escaleras arriba.
—¿Qué vas a hacer tú?— preguntó David.

—Voy a intentar aplazar todo lo que pueda lo inevitable— respondí. Entonces crucé la puerta y salí al exterior mientras miraba a mi hermano. El me miró a mí con una sonrisa y levantó la mano en señal de que nadie me disparara. Entonces comencé a caminar hacia él.